21 enero, 2020

Revista feminista y popular

Opinión

26 diciembre, 2019

¿Trans envidia?

Por Cyn Marcos Var

«¿Qué es la envidia trans? En pocas palabras, es la sensación de envidia que experimenta una persona transgénero cuando se compara con otras personas cis u otras personas transgénero que pueden integrarse en la sociedad como su verdadero género. Aristóteles definió la envidia como el dolor al ver la buena fortuna de otro, provocado por «aquellos que tienen lo que deberíamos tener«. (Sayra Khanwelkar, 27 de noviembre de 2019)

Sayra comenta su historia y me siento identificado en algunos aspectos, y también pienso ahora como mi propia transfobia me llevaba a envidiar durante años a las personas cis sin ser consciente de ello. El intuir que no era cis, pero envidiar/negar a esas personas cis una y otra vez. Recuerdo en mi adolescencia detestar tener la menstruación, «mi vida se arruinó», pensaba al cumplir 14, y odiar ese momento al mes.

Hasta los 19 años vivía y vestía como niño, pero la necesidad económica se hizo presente y necesité conseguir trabajo urgente para mantener a mi familia (madre, padrastro, dos hermanas) ya que nos habíamos mudado a zona sur y les adultes se habían fundido comercialmente y no conseguían empleos fijos, solo changas y trabajos esporádicos. Eran épocas en que sobrevivíamos con la canasta familiar.

Entonces me vi forzado a “lookearme” (me encanta esta palabra ochentosa, la digo y me asalta la imagen de Roxette, como me calentaba Marie Fredriksson, Look Sharp! fue mi primer casette a los 9 años), bien femenino para conseguir trabajo. Nadie quería tomar a una “mujer machona” para trabajos de camarera, de vendedora o administrativa.

Fue ahí cuando comencé a reprimirme cada vez más y el «hambre” por querer pertenecer, y tener una vida cómoda sin sobresaltos económicos (como había tenido casi toda mi infancia hasta ese momento) pudo más que mi disforia de género. Sólo quería pertenecer, odiaba a las personas cis sin saberlo consciente. Envidiaba esa adaptación al sistema, ese éxito de hacer todo bien de las personas. Y me esforzaba terriblemente por encajar en ese mundillo, debía dejar mi “locura” y “rebeldía” a la norma; la droga no podía seguir tapando mi miseria, ya no me funcionaba de anestesia. Vaya a saber bien qué mecanismo paranoíco estuviera usando en ese momento (según Freud) para alejarme de “la realidad” constantemente.

Entonces reprimí mis deseos, los más íntimos relacionados a mi disforia como los relacionados a mi orientación sexual, de estar con mujeres. Esa experiencia a los 12 con mi vecinita de la casa de mi abuela había quedado atrás. Y cada vez que terminaba arruinado me sentía mejor en los brazos de una amiga y sus besos amistosos que en las manos de algún chongo.

Mi necesidad de pertenecer y de encajar, era prioridad. No quería pasar hambre, no quería soportar incomodidades. Así busqué completar todos los “ítems” que exige esta sociedad heterocisexista para ser un buen ciudadane, un buen heterocisexual, como formar una familia tipo, nuclear, con un hijo y una hija que se llevan tres años de diferencia, tener una casa, un auto de viaje y otro de ciudad. Tener un trabajo medio tiempo para ocuparte de la casa y de les niñes.  Todo pasaba  por la dimensión del tener, la dimensión del ser había quedado totalmente sepultada por la frivolidad, la banalidad, la rutina opresora, el miedo, pensamientos de inferioridad, no creer que tenía herramientas, no creer que podía creer en mí.

Cuando empecé a ampliar mis conocimientos de la realidad empecé a estudiar en la universidad pública bonaerense, a conocer otras realidades, a leer sobre feminismo. Pude analizar porqué odiaba «hacer las tareas de la casa”, permanecer “puertas adentro”, depender económicamente de alguien, ser sumise, soportar violencias simbólicas por “el bien de les niñes” y acatar el protocolo vincular cisnormativo.

¿Pero eso basta para entender lo que es ser una persona trans? ¿O sólo me habla de feminismos? ¿Qué epistemologías de varones trans tenemos hoy y qué se sabía hace 20 años en barrios del conurbano para una persona que trabajaba 20 horas por día para juntar plata para su familia y no se movía más allá de las 50 cuadras a la redonda…? ¿Por qué nadie puede representarse un varón trans rápidamente? ¿Por qué cuesta tanto hasta para las personas más “feministas”, deconstruidas, críticas racionalmente…?

En este video sobre la pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis, me hace pensar en la salud psíquica de las personas trans. ¿Dónde quedamos las personas trans (sobre todo los varones trans no binaries) en toda esa psicología falocéntrica y patriarcal? ¿Los parámetros de la clínica para establecer la neurosis y la psicosis serían las mismas a la hora de pensar las vidas de las personas trans? Si para Freud la base de su sistema es sexual, ¿está edificado sobre una plataforma cisexista?

Las personas trans ¿necesitamos un acompañamiento en salud psíquica distinta a la ofrecida en su totalidad hegemónica psicoanalítica de Argentina, por ejemplo? (ya que uno de los mitos es que es el país con más profesionales psicoanalíticos que tenemos).

Mis sentimientos de envidia pareciera que no cesaron después de que decidí empezar con la transición hace dos años. No termino de conceptualizar si al principio confundía mi deseo sexual hacia varones trans (por envidia en realidad a su visibilidad), de desear poseer ese objeto de deseo inconsciente de mi interior, que los veía muy por delante de mí en su viaje de transición, como comenta Sayra. O realmente me atraían por su androgismo en algunos casos y masculinidad hegemónica en otros.

También me vi “envidiar” a los modelos transgénero en Instagram. Comencé a envidiar su aspecto, cuerpo perfecto y habilidades masculinas adquiridas. Rechazaba esos estereotipos por no poder acceder a esa transición rápidamente. Ya que muy poco se habla de transiciones de personas trans adultes, donde ya tienen toda una vida armada (o en des-arme) y desplegada, donde muchas veces su transición interpela a todo su entorno familiar, social, laboral, generando situaciones estresantes, humillantes, marginales, excluyentes, opresoras, violentas simbólicamente una y otra vez.

Xaternidades, transpaternalidades donde les hijes se resisten a las transiciones de sus padres. Donde a veces no quieren tener dos padres, si no mantener “una madre” y “un padre”. Madres y padres que no registran la situación para nada, negándola.  Hermanos y hermanas que ponen toda responsabilidad sobre la persona que está transicionando como de “egoísta” y poco empática con el resto.

¿A caso hay que esperar a que les niñes cumplan su mayoría de edad para comunicarles la transición de sus xadres? Si les niñes empiezan a manifestar síntomas de fobias, adicciones tecnológicas en exceso ¿es porque buscan escapar a esa realidad que rechazan (como el que un xadre hable abiertamente sobre su transición)? ¿Y si ese segundo padre volviera a formar una familia con una mujer? ¿Podría ser la solución a ese conflicto? ¿Ganarían nuevamente una madre? ¿O las “madrastras” nunca funcionan para ocupar el lugar de “madres”?

Y acá coincido con Sayra al pensar: ¿Cómo se aborda el problema? También me dije que ser varón no significa necesariamente parecer uno.

Al igual que Sayra probablemente nunca «pase» como un varón hegemónico cis (que por cierto no define la identidad de género de nadie). Soy una masculinidad, incluso si no me mezclo. La fusión en la sociedad está realmente sobrevalorada y ¿por qué querría camuflarme? Soy quien soy y me importa un comino la opinión pública. No quiero ser una masculinidad “machista”, quiero correrme de ese rol hegemónico y patriarcal. Me siento cómodo transitando los bordes de la “marginalidad/fronteras» siempre. Todavía hay varones cis que me atraen, no puedo decidir quién va a gustarme tan sólo por portación genital, pero sí saber que sólo podría estar con varones cis que dejen penetrarse. Donde la relación sexual que se establezca pueda ser equitativa y asimétrica por “turnos” cuando se desee.

¡Mimetizarme es aburrido!

Dice Sayra: “Todavía envidio a las mujeres una y otra vez, pero ahora que estoy fuera del armario, incluso los que todavía están escondidos me envidian. Y así, el círculo se completa”. (Yo diría que vuelve a comenzar, una y otra vez…para mí, posibilitándonos devenir continuamente).

Toda teoría que se me presenta, todo “corpus académico” al que accedo, no hace más que interpelarme. Toda charla en la que participo no hace más que ayudarme a pensar con otres, ¡cómo necesito de otres para entenderme! Para conocerme, para analizar las posibles soluciones a lo que nos acontece. Y poder proyectar en comunidad modos de convivir lo mejor posible, dónde todes estemos cómodes sin pasar hambre, pudiendo disfrutar de nuestro estar-siendo, sin a expensas de la opresión de “ser alguien” en la mejor forma occidental capitalista, sino un ser nosotres lidiando con los coflictos y contradicciones diarias de eso que llamamos vivir. Será por eso que me gusta tanto la docencia, no por imponer mis ideas y mis teorías, sino por conocerme a través del otre y buscar soluciones en equipo, en grupo, en tribu, en comunidad.

Recuerdo cuando Skliar (2002) me habría la cabeza a “otros mundos posibles en educación», en uno de los primeros textos que leía sobre pedagogía que me compartía una docente que quiero mucho:

[…] Y la pedagogía del otro que debe ser borrado está cimentada sobre dos principios “pedagógicos” tan austeros como inexpugnables: (a) está mal ser aquello que se es y/o se está siendo; (b) está bien ser aquello que no se es, que no se está siendo o que nunca se podrá -o querrá- ser. Está mal ser aquello que se es o que se está siendo: la negación del otro en sus propias experiencias de ser-otro, en su devenir, en sus propias lenguas, en sus propias temporalidades y espacialidades, en sus propios acontecimientos. Y mostrarle al otro que está mal ser aquello que se es o que se está siendo: corregirlo, normalizarlo, expulsarlo, medicalizarlo, silenciarlo, vociferarlo, producirlo. (…) Es la pedagogía de la diversidad. Una pedagogía que reúne, al mismo tiempo, la hospitalidad y la hostilidad hacia el otro. Que anuncia su generosidad y esconde su violencia de orden. Es una pedagogía que se obsesiona por un lado, con la «entrada» y con la «permanencia» -¿y acaso también con la existencia y/o con la experiencia?- a la escuela regular de aquellos sujetos comúnmente denominados como «deficientes». Y que hoy, por otro lado estiliza su mismidad atribuyéndoles a los otros el carácter de «diversidad», de «diversos» (…) (pp.149 -151).

Skliar, C. (2002). ¿Y si el otro no estuviera ahí? Notas para una pedagogía (improbable) de la diferencia. Buenos Aires. Ctera- Miño y Dávila editores.

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