21 enero, 2020

Revista feminista y popular

Notas

11 septiembre, 2017

Cuando se desempañan los vidrios: sobre Bryanna y las miles de pibas desaparecidas

Por Julieta Guarnieri

Había una chica que lloraba mucho. Tenía la cara colorada, la voz casi que se le apagaba en el grito que soltaba al viento, pero el aire seguía saliendo de sus pulmones. ¿Te pasó alguna vez? En su cara no solo había una angustia punzante que te atravesaba el pecho al mirarla a los ojos, sino un miedo que le marcaba las ojeras y que, casi pude leer, era el mismo que sentí alguna vez. Todas tenemos miedo, si, a cosas diferentes tal vez. A mí me dan más miedo los patrulleros que las villas miseria, me dan más miedo los políticos que lxs pibes de los merenderos. Tal vez a ella no. Pero estoy segura de que todas compartimos alguna vez el miedo de estar sola en la parada a las 2 de la mañana, o de salir a caminar a la hora de la siesta cuando los vecinos no están tomando mate en la vereda, o el de ir caminando por una calle desierta cuando en paralelo camina un grupo de varones. Tal vez por eso se confunde la lucha feminista como un intento de abolir al varón como tal, parece que el problema solo pasa por el falo, y si bien este forma un poco parte, no es el protagonista de la historia. Hay una construcción flotante, un mapa misógino que existe por sobre nuestras cabezas y que nos abraza pero sin amor, nos envuelve como si no fuésemos más que regalos a los que se les pone papel para eyectarnos a un mundo que rompe nuestra cobertura y nos deja al descubiertas, desprotegidas.

Había muchas pibas que lloraban hoy. Seguro se sintieron contenidas entre sí, entre ese abrazo que envuelve al género, al saber que como fue ella podría haber sido cualquiera de nosotras. Había muchas madres también que sentían como sus hijas se les iban de las manos como se fue Bryanna de las de su madre, que se enfrentaron a la policía cara a cara y le dijeron que a ella la queremos viva, la queremos bien. Y da miedo también sentir que la vida se te escapa de las manos pero no le podes hacer frente porque no hay nada que llorar aun. Es ese “no sé” que se hace eterno, no hay un acto definitivo que te permita soltar el aire y llorar o sonreír. El problema entonces no es el sexo sino lo que el conlleva, es la sensación de que, diría Aristóteles  “nos falta algo para estar completas” y ese algo que nosotras no tenemos nos hace Evas, culpables, vulnerables y rompibles. Esa culpa que cargamos por tener tetas y caminar solas nos hace mínimas en el mundo, te sentís un grano de arroz a punto de hervir, siempre a punto. Te asusta que digan, si no volvés, que te fuiste sola, que no querés volver, que fue tu culpa por drogarte y emborracharte, o mucho peor, que no se escuche tu búsqueda y así desaparezcas como la condensación que se genera después de empañar un vidrio, que se borra lentamente hasta dejar de existir.

Existe, en el mundo de las mujeres, la dicotomía entre mártires y heroínas que existe también en el mundo general. Existen mujeres a las que se les entrega la culpa de su propia suerte, como si hubiera algún motivo por el cual alguna quisiera terminar en un descampado o en una bolsa. Y a algunas con suerte se las venera, por sanas, por buenas, por lindas. Pero, señores, señoras, las feas, las gordas, las drogadictas o las que nos fumamos un porro de vez en cuando, las que dejamos el colegio o las que estudiamos, las que nos emborrachamos, las que abortamos, las que reímos, las que lloramos, las madres y las hijas, las que vivimos en la villa, todas nos merecemos vivir, y es verdad que nos falta algo: nos quitan, día a día, la posibilidad. La posibilidad de ser independientes, fuertes, libres. La posibilidad de ser para sí, de ser más allá de un otrx que nos cuide, que nos proteja como si fuéramos eternas niñas que necesitan un padre que les dé la mano para cruzar. No existe, para nosotras, la adultez, siempre necesitamos un protector a los ojos de la sociedad.

Había, entre los hombres y las mujeres que caminábamos hoy, un dolor intrínseco que se sentía en los pies al caminar, sabientes de que no hay ninguna fuerza que nos proteja, que las instituciones no existen más que en los manuales para chicos, que el uniforme no significa más que represión, más que corrupción y alianza con eso que nos traga. Cuando las cosas pasan en tu barrio te duele en la espalda, viste, y saber que esa nena era hija de, nieta de, amiga de alguien a quien viste cara a cara alguna vez despierta en aquello que suelen salir del sillón la necesidad (porque las ganas no caen del techo, sino que nacen del pecho) de salir a aplaudir, a rezar un Ave María, a levantar la fotito con esa cara que llevamos todxs, a gritar en la puerta de una comisaria. Y ahí, en el momento de cortar General Paz o de conversar trivialmente o de llorar o gritar o cantar, ahí el problema deja de estar en si tengo o no tu mismo sexo, en si estoy o no completa, el problema pasa a estar en que vos, yo, ella, todos merecemos estar vivxs. Parece que cuando sos mujer, o cuando luchas por un ideal, ese derecho se vuelve aire.

¿Dónde está Bryanna?

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