23 enero, 2020

Revista feminista y popular

Notas

26 julio, 2017

LAS MUJERES DEL MONCADA

Por Revista Reviradas

Los nombres de las dos mujeres que participaron del ataque al Cuartel Moncada trascendieron la historia, sintetizando el heroísmo de las cubanas en todos los tiempos, su batallar, decoro y dignidad. Melba Hernández Rodríguez del Rey y Haydée Santamaría Cuadrado, casi exigieron a Fidel su presencia en el ataque que iban a realizar en el segundo cuartel militar del país. Como parte de la estrategia concebida por el líder revolucionario para la ocasión, se atacaría al unísono el cuartel de Bayamo, en la actual provincia de Granma, previendo que pudieran llegarle a la tiranía refuerzos desde Holguín y el resto del país. Haydée, la Yeyé y Melba tuvieron un papel preponderante en aquel hito que marcó un antes y un después en el acontecer revolucionario de la nación.

Las dos moncadistas se mostraron serenas y firmes cuando fueron juzgadas por aquellos hechos, denunciando como habían sido asesinados todos los prisioneros. Los primeros de ellos, los jóvenes que acompañaban a Abel, el hermano querido de Haydée y segundo al mando de Fidel en aquella acción heroica.

Durante meses, estas mujeres excepcionales no se separaron ni un instante, inmersas como estaban en los preparativos de la acción y luego en el fragor del combate, queriendo ambas asumir todos los riesgos para tratar de salvar la vida de los demás combatientes. La existencia de Haydée quedó rota cuando supo en la prisión que compartió con Melba, de las torturas que sufrió su hermano Abel y de la muerte de este y otros compañeros, incluidos su novio, Boris Luis Santa Coloma.

Las dos únicas mujeres que participaron en el ataque al cuartel Moncada fueron condenadas a siete meses de prisión. A la salida, y por encargo de Fidel, divulgaron en la clandestinidad el “Mensaje a Cuba” en el que el líder histórico de la Revolución explica al pueblo cómo fueron masacrados los combatientes del Moncada, y la misión más trascendental, circular “La Historia me Absolverá”, que Fidel había reconstruido y hecho salir de la cárcel, hoja a hoja.

Fuente: cubainformacion.tv 

“Haydée Santamaría Cuadrado”

La mención a ese nombre provocó en la Sala una intensa emoción, toda vez que ella era considerada por todos los miembros del tribunal como el principal testigo de descargo después de Fidel.

Ella y la doctora Melba Hernández Rodríguez del Rey fueron las dos mujeres que integraron el contingente de jóvenes revolucionarios que bajo el liderazgo del doctor Fidel Castro protagonizaron la gesta del 26 de julio de 1953.

Había expectación por escucharlas en el juicio, en tanto las dos muchachas formaban parte de la retaguardia dirigida por Abel Santamaría, el segundo jefe del movimiento, que ha pasado a la historia como el de la generación del centenario de Martí. Serían las dos testigos más contundentes de los crímenes cometidos a un grupo mayor de combatientes en la mañana del 26, los que junto a Abel Santamaría Cuadrado y una veintena de compañeros ocuparon el Hospital Civil Saturnino Lora. Solo ellas dos vieron salir con vida a los demás, incluyendo al doctor Mario Muñoz, asesinado a la vista de ambas cuando lo llevaban detenido hacia el Moncada, a una cuadra del Hospital Civil.

No pudieron acallar su voz. Relató Haydée: «Abel reiteraba: ‘El que no puede morir de ninguna manera es Fidel, es el que debe vivir; si Fidel vive triunfará la revolución’. Así nos dijo a Melba y a mí en el Hospital cuando se dio cuenta de que no se había logrado el asalto por sorpresa»

El Tribunal había hecho esfuerzos para que ella no declarara. Sabía de antemano que su acusación sería demoledora. Por su parte el joven abogado de oficio, Baudilio Castellanos, su defensor, quería que ellas salieran absueltas. Tenían a su favor el hecho de que se aceptaba, jurídicamente, su presencia en el Hospital como enfermeras (móvil noble), junto al doctor Muñoz, y el «móvil noble» era una atenuante, pero ella insistió en ser juzgada y condenada, al igual que Melba y sus demás compañeros sobrevivientes. E insistió en denunciar los crímenes con fortaleza increíble.

«Un guardia preguntó cuál de nosotras era Haydée. Le respondí que Haydée era yo; entonces me pidió que dijera quién era Boris y le dije que Boris era mi novio. Le pregunté que dónde lo tenían (porque había salido vivo del Hospital, como los otros); me dijo el guardia que al lado, en una habitación; le pregunté qué le habían hecho y lo que me contestaron es lo que yo no querría decir ante el tribunal, por pudor… Me dijeron que le habían extirpado los testículos para hacerlo hablar. Uno me dijo: ‘Si no lo hemos matado todavía puedes salvarle la vida; di quiénes son los que están metidos en esto’. Yo le contesté: ‘Si él supo guardar silencio, no voy a traicionarlo ahora, ¡criminales!’». También le dijeron: «Si a tu hermano le faltaba un ojo de mentira, ahora le falta de verdad».

En cuanto al ojo, el guardia se refería al hecho de que al grupo de Abel, fallido el asalto por sorpresa, las enfermeras del Hospital, al cerciorarse de que eran revolucionarios y no soldados, aunque vestían igual, trataron de salvarle la vida vistiéndolos con ropa de enfermos y haciéndolos acostar en camas del hospital. A Abel lo llevaron a la sala de Oftalmología, aunque él insistía en continuar combatiendo.

Haydée, muy pálida, vestía de negro: «Si lo desea puede abstenerse de declarar», insistió el Fiscal, pero ella prosiguió su denuncia, la frente en alto, procurando controlar su emoción. En aquella Sala el único sonido perceptible era el timbre de su voz que estremecía a todos.

Pronto se escucharía la declaración de Melba denunciando igualmente los crímenes y diciendo en voz alta: «Fidel no está enfermo», cuando fue retirado de la sesión el joven abogado acusado, convertido en acusador. Fue ella quien, en su condición de abogada, portó oculta desde la cárcel de Boniato y entregó al Tribunal la carta escrita por Fidel en la prisión, en la cual hacía constar que no estaba enfermo como se aducía para retirarlo del juicio en esa sala, al que asistían muchas personas y su voz resultaba demasiado «inconveniente».

Tanto Haydée como Melba habían integrado el núcleo central del movimiento revolucionario, desde que Fidel conoció a Abel, y de hecho el apartamento de 25 y O, en el Vedado, donde vivían Abel y su hermana, se había constituido en el centro de dirección del movimiento.

Desde los días preparatorios otras mujeres cubanas participaron, a favor de «lo que venía», en otra tarea: cosiendo algunos uniformes en el apartamento de los padres de Melba, entre ellas su propia madre, Elena Rodríguez del Rey; Elita Dubois, esposa de José Luis Tasende, Nati Revuelta, Delia Terry y Lolita Pérez —esta última bordó los galones en los uniformes.

Antes y después del 26 de julio de 1953 se haría patente la participación de las mujeres cubanas que, desde los albores del centenario del Apóstol, organizaron el Frente Cívico de Mujeres Martianas. A una de sus integrantes, la profesora Aida Pelayo, cuya voz no se callaba ante la policía, se le involucró en el juicio, aunque no había formado parte del contingente que irrumpió en Santiago y Bayamo.

La relación de las mujeres que se solidarizaron con los revolucionarios es extensa. En ella se distinguieron en condiciones de extremo riesgo, fundamentalmente, las alumnas de enfermería del Hospital, entre el personal sanitario. De ellas fue la idea de ocultar a los jóvenes combatientes y de curar a algunos heridos. En su alegato de defensa Fidel reconocería la actitud de ellas: ¡Muchos fusiles se lo cargaron a los combatientes las enfermeras del Hospital Civil! Ellas también pelearon. Eso no lo olvidaremos jamás.

En la zona de Bayamo una cadena solidaria, integrada por Bélica González, Narcisa Rodríguez, Esmeregilda, Inés María y otras modestas campesinas, le salvaron la vida al combatiente torturado Andrés García, «El muerto vivo».

Fidel no quedó exento de la solidaridad de las mujeres campesinas en la ruta de caminos tortuosos próximos a la Gran Piedra. Aún vestido con el traje militar de kaki amarillo llegó al bohío de la vieja mambisa Leocadia Garzón, conocida por Chicha, hija de esclavos congos, nacida en Juraguacito. La anciana curó a uno de sus compañeros; no los conocía pero sí adivinó que «el grande» entre ellos era Fidel Castro, el nombre que había oído en la radio. Así se lo dijo a su nieto Esmérido Rivera Ruá , quien tenía la misma estatura de aquel joven e hizo que se apurara en buscarlo por el camino del río para que lo guiara hacia donde encontrara un camino seguro. El nieto obedeció a la abuela y hasta le dio su ropa a Fidel, y él se puso el pantalón de kaki. Vestido con la ropa de Esmérido prosiguió su internamiento en las montañas guiado por este en un largo trecho loma arriba, hasta que el propio Fidel agradeció la guía. En la ruta que siguió después el joven Fidel encontraría el apoyo de las mujeres y los familiares de varios campesinos. Entre ellas: Delia Echeverría, Efigenia y Juana Despaigne, la esposa del campesino Justino Rigel y otras vecinas de Altos de Ocaña, que le hicieron comida y le lavaron la ropa durante la semana de la resistencia.

Los asaltantes asesinados, echados en una fosa común en el cementerio de Santa Ifigenia, tuvieron en otra mujer —la revolucionaria Gloria Cuadras— una perenne custodia de sus restos hasta que estos fueron conservados subrepticiamente en el propio cementerio por René Guitart, padre de Renato.

Fuente: Cuba-si.ch

Comentarios