6 diciembre, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

20 noviembre, 2019

Los compañeros también son violentos

Por Azul Verzura

Una de las expresiones de la violencia de género se hace notable en la política diaria. Desde la construcción de la política hasta la militancia en los barrios, en la universidad o espacios estudiantiles, la violencia también se sufre y por parte de nuestros propios compañeros.

Aunque existan diferentes prácticas de la violencia política y también en algunas situaciones la asimetría de poder se vuelva más burda y fácil de reconocer, no podemos dejar de pasar por alto que, dentro de un espacio donde el poder es moneda corriente, el machirulaje y todas sus consecuencias están a flor de piel dentro de esos ámbitos.

Cuando hablamos de política se puede estar hablando de cualquier cosa; podemos hablar de la política partidaria o la militancia en particular. En este sentido hay que destacar que la violencia política se ve expresada en todos los espacios donde se desarrolle la política, porque la violencia siempre va a estar en todos los espacios. En algunos quizás más que otros, pero la violencia de género no tiene recovecos donde no esté. Y si no está, es porque un grupo de feministas se encargó de romper con todos los mandatos patriarcales y violentos que puedan llegar a causar algún tipo de acto violento. E incluso, todavía no alcanza con eso, sino que es un trabajo diario que requiere constancia, paciencia, y construcción.

¿Qué es la violencia política?

La violencia política es aquella que se desarrolla en el plano político donde, tanto el violento como quienes son violentades y violentadas, comparten militancia, partido político, organización política o frente. No es fácil de identificar y el componente que más lo dificulta es el vínculo con el violento.

A todas y todes nos gustaría que nuestros compañeros, quienes levantan la bandera del campo nacional y popular con tanto orgullo y pasión; quienes defienden a capa y espada los derechos humanos; o quienes ante una injusticia de carácter económico o social, son los primeros en discutir la situación y salir a la calle para concientizar lo ocurrido; tengan el mismo ímpetu para llamarse a la reflexión  y/o a la corrección de conductas violentas tanto propias como ajenas a uno mismo, es decir, de otros compañeros.

Hay un patrón común que se repite en este tipo de casos y en estos tiempos donde se cree que la única violencia es la física o si te revisa el celular. Y caemos en la trampa de que se nos pase por arriba los diferentes tipos de violencias.

La política no es mala y tampoco hay que demonizarla. Es un espacio como los demás, donde convivimos con tipos. Y por lo tanto, conviviremos con violentos. Sin ánimos de ofender (o sí), no se quiere decir que todos los varones son violentos políticos, sino que hay una gran tendencia a que donde exista un grupo de chabones, alguno sea un violento. De hecho, la política transforma. Hay políticas neoliberales que destruyen y políticas nacionales y populares que transforman sociedades.

Entonces, no debemos caer en lo banal de creer que nuestros compañeros jamás nos violentarían porque son compañeros de unidades básicas, de organización o de partido. Porque hay algo que es inherente a qué tipo de pechera usa, lamentablemente.

Retomando, el patrón común nace desde la necesidad de que su mandato de la masculinidad o la fobia a verse por debajo de algo sea la primera bandera por sobre todas las otras. Además de que dentro de cada violento existe un seductor nato de todo tipo, sexual, amistoso, familiar; también la seducción política viene a poner palos en la rueda a la hora de identificar a un compañero macho.

Hay que tener en cuenta la diferencia entre un compañero con responsabilidades políticas que es violento con una compañera, y un compañero que es violento pero no tiene ninguna responsabilidad. La legitimidad política de los violentos no va más. Es tema arcaico, vetusto y hasta un poco anti militancia. La legitimidad política construye una especie de capa invisible donde todos los errores, actos, violencias, destratos, operetas, pasan desapercibidas por su falo político en el cual él, pobre varón cis, se cree impune. Y esa impunidad, todavía en muchos lugares se sigue sosteniendo.

La responsabilidades de los varones cis violentos hacen que su testimonio de auto defensa (DE NO SE QUÉ), tenga un poco más de credibilidad, de que se alenten los procesos, de que tenga tiempo de seguir ejerciendo la violencia pero por otros medios. Por atrás, con los compañeros que lo siguen escuchando, que no lo corren, que se hacen los boludos, que se comen el cuento de que “se está de-construyendo” o incluso, con el tupe -tan ridículo- de llevar a cabo un problema altamente político a un plano personal con la mujer que decide denunciarlo, hablar, correrlo o simplemente aplicar un protocolo. Cuando digo personal no digo que la violencia de género política no sea personal, lo es porque somos mujeres y disidentes. Pero ellos lo ven en términos sentimentales. En su pequeña psiquis toda podrida por violencias y disputas sin contenido, nuestra cabeza, nuestra construcción política, nuestra manera de militar, pasa únicamente por lo sentimental y no podemos tener una discusión, hacer una denuncia, o marcarle actitudes a algún machirulo porque ya es “personal”.

Y no. denunciar a un compañero que cree que puede hablar por encima mio, que me corre de las responsabilidades, que me oculta información porque se cree amenazado, que no deja crecer a las compañeras, que filtró información que le dio su compañera y luego se separó y decidió comentar todo lo políticamente hablado, que utilizó el plano político para vincularse emocionalmente y luego deslegitimarnos políticamente, es político.

Creer en la denuncia, en el “no nos callamos más”, es creer en el feminismo que llega a todos los lugares y el feminismo que tiene fines políticos de transformación.

¿Alguna vez un compañero se preguntó qué se sentirá militar con un compañero que lo violentó, lo hostigó, lo corrió y/o lo deslegitimó?

No. Porque no les pasa. Y si les pasa, es porque existe algo patriarcal en el medio. Pero no, a ellos no los deslegitiman por ser violentos. Mirá si los van a deslegitimar por decir tres boludeces (que suelen decir más).

Que nuestro tono; que si cogemos con compañeros valemos menos; que si crecemos políticamente nuestro responsable varón cis político nos opera; que si nuestro compañero violentó a una compañera nos hacemos los boludos hasta que explote todo mientras la piba pronto dejará de militar porque le incomoda; que estamos exagerando; que no hay que meternos en esa porque es un chabón con responsabilidades. Al carajo con esas frases y como dijo Cristina Kirchner: ningún machirulo más.

Si sos militante político y ejerces la violencia contra una compañera o compañere, es violencia de género y política. Porque además de ser violento, compartís un espacio político donde tu violencia se transfiere a ese espacio. Lo personal es político y si sos un violento en la cama, también sos un violento en una unidad básica.

Compañeros militantes violentos mal llamados peronistas, debo decir que jamás un peronista ejercería la violencia contra otra persona. Las libertades, los derechos y la igualdad, primero y si no entendieron al peronismo dentro de un marco feminista actual, no entendieron al movimiento político.

 

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