12 noviembre, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

29 octubre, 2019

Eso de lo que no se habla: la violencia entre lesbianas

Por Sofia Arriola

El 34° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries dio lugar a numerosos debates. Uno de ellos originó un nuevo espacio autogestionado para discutir un tema tabú en las relaciones lésbicas. 

Hace años que en los talleres de Activismo Lésbico desarrollados en los Encuentros emerge una gran preocupación por analizar una realidad invisibilizada: la violencia entre lesbianas. Este año, y luego de reiterados reclamos, se abrió el primer taller autogestionado dedicado exclusivamente a esta problemática que da mucho para debatir ya que no tiene, aún, líneas claras para abordarla.

El primer paso que hay que dar es perder el miedo a nombrar la cuestión. A partir del momento en que entendemos que las lesbianas también pueden representar un peligro para sus compañeras, todo toma otro sentido. Al no tener la figura del varón heterocis como “opresor” ¿Qué pasa cuando esos roles no se adaptan a las teorías que se construyeron? ¿Cómo repensamos estrategias desde el feminismo cuando hablamos de nosotras mismas?.

Hay que destacar que no se trata de violencia de género. La violencia entre tortas no nace por una cuestión de odio al género, sino que deviene de reproducir lógicas totalmente patriarcales contra las que las lesbianas también luchamos y de las que no estamos exentas. Fuimos socializadas en un modelo económico y cultural neoliberal, heterosexual, monógamo, con un ideal de amor romántico y con conceptos de familia basados en roles jerárquicos, por ende, somos susceptibles de reproducirlo. Generalmente, la violencia en estos casos se utiliza como medio de coacción y control sobre la otra persona, copiando lo que aprendimos sobre la jerarquía en lo intrafamiliar. En palabras de Esther Pardo, este tipo de violencia puede considerarse “la punta del iceberg de un continuum de mecanismos de control, producción-reproducción del heteropatriarcado en el cuerpo y la vida de todas las mujeres y las niñas, de ‘el y la diferente’”.

A veces, creo que la invisibilización a las lesbianas es tanta que no tenemos que olvidar que vivimos en este sistema donde aprendimos dichas formas de afecto y que incluso hay contextos en que las lesbianas ni siquiera pueden nombrarse, recordándonos que salir del closet y reconocerse aún es un privilegio para algunas.

Volvemos a ser invisibilizadas de todas formas cuando no tenemos una ley que se ocupe de nosotras porque la que tenemos es heteronormativa y no nos sirve, porque de todas formas el sistema se te caga de risa cuando a un policía le decís “mi novia me pega”, “mi ex novia  espera en la puerta de mi casa hasta que vuelvo para arrancarme los pelos”, “una mujer abusa de mi”.

De aproximadamente 1000 lesbianas encuestados por la cuenta @lesbodramas, un 55% afirmó haber sufrido situaciones de violencia entre tortas. 111 padecieron abusos sexuales, 300 violencia física y 690 violencia psicológica. De todos estos casos, solo 31 hicieron denuncias en los organismos correspondientes y 23 realizaron algun tipo de escrache.

Creo que la necesidad de un marco jurídico de protección es clave porque la ley debe estar pensada con un fin pedagógico y ser dinámica para adaptarse a las necesidades de la sociedad, para luchar contra los gestos que se instalan y reproducen formas de dominación heteropatriarcal más allá de los géneros.

Parece fácil decirlo, pero la mayoría de las afectadas normaliza situaciones por tratarse de otra lesbiana. ¿Qué pasa cuando esa persona es una “compa” y encima vos, tan feminista, no la viste venir? ¿Vos, tan de novia con otra “compa” pensabas que estabas salvada? Sí, nos pasó a muchas. Damos por sentado que una lesbiana feminista no maltrata a otra. Que una lesbiana feminista podría reconocer ese maltrato desde el primer momento.

Asumirlo duele. La mitad de los casos que encuestamos afirmaron que pasaron por una situación de agresión progresiva. Primero los celos, el destrato, la manipulación. Después  la violencia física y la presión sexual.

Este año, el feminismo está replanteándose los métodos en cuanto a escraches y punitivismo. En los casos citados ¿qué hacemos, por ejemplo, con la torta militante que habita estos espacios y violenta a otra? ¿segregamos a una persona que pertenece a un colectivo violentado históricamente? ¿se justifica? ¿se busca la creación de un protocolo? ¿son estas herramientas que dejamos para otras violencias?, es decir, ¿estaríamos usando métodos patriarcales? ¿qué pasa si la otra parte también es una torta violentada sistemáticamente y estructuralmente por el heteropatriarcado y ahora también con una persona que va a estar en los espacios de militancia que habita?

Muchísimas preguntas y ninguna respuesta. Me parece clave nombrarnos. Lo que no se nombra, parecería no existir. Callarnos es ser, de otra manera, cómplices de la dominación patriarcal. Si lo personal es político, tenemos que politizar estas experiencias y hacernos cargo de lo que pasa dentro de nuestros colectivos. Dejemos de insistir en que esta problemática no existe y socialicemos experiencias. Tejamos redes donde podamos encontrar refugio y evitemos una nueva forma de invisibilización. Vivimos haciendo atribuciones del mal al otro pero el mal está en la sociedad, como diría Segato: “la célula de dominación patriarcal, como primera pedagogía de dominación y violencia”. No reaccionemos igual que gran parte de la sociedad con la violencia heterosexual. No victimicemos a la agresora, minimicemos y justifiquemos la agresión o cuestionemos las reacciones de defensa.

Ahora que, con la creación del taller, se enuncia la cosa, las tres preguntas que me parecen clave: ¿queremos gestionarlo como colectivo? ¿qué nuevas herramientas podemos generar? ¿hacia dónde vamos?

3wkenya.org

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