20 septiembre, 2019

Revista feminista y popular

Relatos

12 julio, 2019

Servilletas de algún bar

Por Yanina Garin

Los mejores escritos se trazan con un impulso irrefrenable en servilletas usadas de algún bar. Cómo aquella vez que te crucé en la puerta del baño secándote la última lágrima para volver a la mesa con la sombra de alguien que supiste amar.

Sin siquiera pensarlo me senté detrás tuyo, en el lugar que hace un momento ocupaba aquel señor canoso que todos los domingos venía a tomarse un vino con soda. Me pedí otro café corriendo el riesgo de ganarme el odio de la camarera que me había cobrado hacía no más de cinco minutos. Ni bien se acercó le pedí disculpas e inmediatamente se volteó hacia tu ubicación y me dijo: A mí también me da mucha tristeza, pero ¿qué se puede hacer? Y se marchó sin más.

Desde que intercambiamos miradas se me anudó algo en la garganta y no sé si debo tragarlo y olvidarme o escupirlo y salvarnos. Que manía estúpida, de ir por la vida observando de lejos las injusticias.

Casi sin meditarlo me acerqué a la barra y pedí un papel. El cajero me levantó la ceja como insultándome y enseguida le expliqué: Es importante, prometo que no molesto más. Y sin mirarme me entregó una hoja que arrancó con fuerza de la impresora. Volví casi corriendo a mi lugar y escribí:

‘Te escuché pidiendo ayuda detrás de tu silencio agobiante. Podés llamarme cuando quieras.’

Me sentí tan ridícula al verme desde afuera que estallé en una carcajada. De pronto el bar entero cabeceó para registrar quién era la imbécil que se reía así. Levanté la mano izquierda sin mirar a nadie en particular y pedí perdón al aire. Cómo quién cruza mal una calle y por vergüenza solo atina a disculparse con el universo y apura su paso con tal de evitar miradas inquisidoras.

Todavía me miraba el cajero por encima del monitor en el que simulaba trabajar, mientras esperaba con mucha ansiedad ver qué iba a hacer con ese maldito papel que había pedido casi rogándole. Asumo que soy lo más interesante que le ha pasado en el día, sin ánimos de ser arrogante, siento que seré la anécdota que compartirán esta noche en el patio trasero mientras se toman una cervecita. Viste la loca esa que se cambió de mesa veinte veces? Me pidió una hoja y después… ¿Qué haría yo después? ¿Qué me gustaría que haga la loca que se cambió de lugar y pidió un papel?

Taché todos los intentos de ser poética y amable con vos, que no me conoces y después de todo lo más probable es que mi interrupción te resulte inquietante.

El hombre que estaba junto a vos te destrató por última vez y fue a pagar al mostrador. Increíblemente entabló amistad con el cajero de manera inmediata, comentaron algo de un partido de fútbol y se dieron la mano sellando entre ellos un pacto masculino teñido de complicidad. Ahora, más que nunca, tengo que llegar a vos. Arranqué un pedacito de la hoja que quedaba sin mamarrachear y escribí rápido: no estás sola, todas somos vos en el pasado, el presente o el futuro.

Mientras te parabas buscando monedas para la propina, me acerqué y tosí nerviosamente para meterte mi papelito en el bolsillo del tapado. Ojalá lo encuentres pronto, antes de guardarlo para siempre en el ropero.

Antes de que alcanzara a rozarte me miraste de reojo y no supe bien qué hacer. Con mucha calma y calidez me preguntaste si necesitaba algo y te dije que sí, que leyeras esto. Y te entregué mis palabras con mucha vergüenza. Te quedaste pausada un rato largo, hasta que finalmente levantaste la vista y me preguntaste si tomábamos una cerveza en el bar de al lado, donde todavía nadie te había visto llorar.

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