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6 julio, 2019

Careta de unicornio

Por Sofia Arriola

El pasado 28 de junio se conmemoraron 50 años de Stonewall, una serie de manifestaciones contra la policía por una intervención policial en uno de los pocos espacios LGBT que tenía la comunidad en Nueva York. Después de las violentas repercusiones que tuvo este hecho, se considera a esta fecha como el día internacional del Orgullo.

Ese día, la ciudad de Buenos Aires tiñó su obelisco multicolor y llenó el microcentro con mensajes alusivos a la lucha, como ya es costumbre. A simple vista, se puede considerar una ciudad “gay friendly”, teniendo en cuenta, además, algunas campañas de concientización o la creación de mapas con circuitos gay, en un país pionero en alcanzar la ley de Matrimonio Igualitario, allá por el 2010.

Sin embargo, el pasado 28 de junio, en esta misma ciudad, la jueza Marta Yungano aplica una condena de un año de prisión en suspenso a Marian Gómez por besar a su novia. El mismo día que la ciudad se pinta de los colores del orgullo, el Poder Judicial emite un fallo lesbodiante. Todo lo que es la funcionalidad a la derecha. Decepcionadxs pero no sorprendidxs, ¿no?

Hace veinte meses atrás, Marian Gómez estaba besándose con su esposa, Rocío Girat, en la estación de Constitución cuando un agente policial le llama la atención por fumar en un espacio donde decenas de personas se encontraban fumando. ¿Por qué a Marian, entonces? Me animo a contestar que por lesbiana visible, por chonga, por no responder a la heteronorma.

El llamado de atención no cesó sino que se intensificó hasta que intervino otra agente policial que embistió físicamente a Marian. A pesar de apagar su cigarrillo, la joven fue violentada por estos agentes en un forcejeo y también en el intercambio que tuvieron ya que uno de ellos exclamó: “pibe, quedas detenido”, negando, así, su identidad de género que había sido aclarada previamente. El ejercicio de violencia y abuso de poder devino en una detención arbitraria e ilegítima.

¿Hay más? claro. También le negaron su estado civil cuando la detuvieron, a pesar de poder constatar, con su esposa presente y con una ley que ampara y crea esa unión.

La carátula de este caso termina siendo “desacato a la autoridad” y, aún así, no admitieron que se presenten como Amicus Curiae (figura legal que se traduce como “amigos del tribunal” y que puede tomar intervención y opinar en causas judiciales) a la Defensoría General de la Ciudad, el colectivo 100 % Diversidad y Derechos, la Asociación Pensamiento Penal y la Red de Abogadas Feministas, quienes buscaban declarar que era una inminente persecución hacia el colectivo LGBTQ.

En principio, pidieron dos años hasta que luego del accionar de la defensa se resolvió un año de prisión en suspenso, lo que hace que efectivamente Marian no vaya a una cárcel pero sí da un mensaje adoctrinador a todo el colectivo. Marian no es autora de ningún delito, todo lo contrario, es víctima de una agresión injustificada, absurda y llena de odio. Están ensañados con las disidencias, les molesta y van a ir contra lo que tenemos impunemente ya que las herramientas existen: la precedentemente nombrada Ley de Matrimonio Igualitario; Ley de Identidad de Género, derechos constitucionales como la libertad de expresión, libertad de circulación, de formar una familia, a la autonomía personal e incluso la mayoría de estos contemplados en tratados internacionales de Derechos Humanos, sumando uno específico contra la discriminación.

Rita Segato explica en su ensayo Racismo, discriminación y acciones afirmativas: Herramientas conceptuales que el racismo de costumbre es irreflexivo y se naturaliza tanto que termina siendo racismo institucional. Nuestro estado super pride esta permitiendo que la violencia se institucionalice.

¿Entonces? ¿Podemos normalizar la existencia de la justicia patriarcal, dejando que vulneren a su gusto las garantías de las personas?

Los violadores de Lucía Pérez fueron juzgados solo por “tráfico de estupefacientes”; nuestro mismísimo presidente tiene una cantidad de causas judiciales sin resolución que no podría escribir un número preciso; Higui estuvo presa durante meses por defenderse de sus violadores; al padre Grassi tardaron años en juzgarlo por abuso sexual infantil, con una condena de quince años; una mujer en Argentina es asesinada cada treinta horas por violencia de género en nuestro país y no puedo dejar de reparar en que cada treinta horas no se abre una causa judicial a esos homicidas.

¿No es clara y violenta la discriminación y el desequilibrio en cuestiones de género, sexo o clase?  ¿Qué pasa de ahora en más? ¿Las disidencias vamos a tener aún más miedo del que ya existe en las calles? ¿Vamos a ir sintiendo aún más la desprotección de todo un sistema al que no le somos funcionales? ¿La policía va a seguir violentándonos y negándonos y la justicia va a respaldar ese accionar nefasto? ¿No cambiaron nada las cosas desde hace 50 años atrás, desde los disturbios de Stonewall a hoy?

Vivimos en una ciudad que se manifiesta a favor de las disidencias y la inclusión pero necesitamos darle valor a las palabras que enunciamos y a los actos políticos que se ejercen porque ni un ejército de arco iris multicolores en cada pared de la ciudad tiene sentido si dos mujeres no pueden besarse sin que ese beso esconda el sabor amargo del miedo, incluso de la muerte, en muchas partes del mundo, porque las fuerzas tienen la libertad de aleccionar nuestras existencias. No nos interesan los globos y los banderines, nada más que nos dejen vivir.

El pasado 28 de junio por la tarde, luego de conocer la noticia, la ya programada Cuarta Marcha Plurinacional por los Travesticidios y Transfemicidios tuvo una consigna clara: nuestros besos no son delito. Los derechos los tenemos, ahora la lucha es conquistarlos porque al closet y a la cárcel no volvemos más. Vamos a seguir resistiendo.

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