16 julio, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

5 julio, 2019

¿CÓMO HACEMOS JUSTICIA FEMINISTA?

Por Juliana Szerdi

A medida que aprendemos a detectar situaciones violentas y a ponerle nombre a las opresiones que sufrimos, empezamos a preguntarnos qué hacer ante ellas. ¿Cómo evitar que nos maltraten? ¿Cómo lograr desprendernos del “marido agresor”?

Y también surgen interrogantes sobre cómo “castigar” a quienes ejercen violencia. Nos preguntamos sobre cómo hacer justicia a sabiendas de que todas las instituciones del Estado moderno están cimentadas sobre el patriarcado, que denunciar no evita que sigan sucediendo femicidios, transfemicidios y travesticidios, y que ante una denuncia se nos culpabiliza otra vez a nosotras y nosotres.

Entonces aparecen los escraches como una forma de justicia. La “justicia feminista”. Ya no se utiliza la institucionalidad burocrática sino que se usa el plano simbólico para exigir reparación ante las violencias cometidas, no por elección sino por necesidad.

Los escraches son marcas visibles que ponemos en el otre, es la cruz de ceniza en la frente. Es una marca para que vean les demás. Se expone a la persona machista –generalmente varón cis hetero- a la condena social, se muestra su fragilidad y también sirve como mensaje para los otros: “vos podés ser el próximo”. A la falta de respuestas en el sistema legal, se da una sentencia social.

Si muchas denuncias no se hubieran realizado públicamente, los delitos cometidos por los abusadores, femicidas, violadores, golpeadores no hubieran encontrado cauce en la justicia. Pero también muchos escraches provocaron suicidios, pérdidas de trabajo, exclusión de grupos sociales.

Abordar las consecuencias del escrache requeriría de un estudio exhaustivo ya que se intersectan diferentes variables y no se pueden dar generalidades, por  eso diremos en modo de pregunta: ¿Hay diferentes niveles de gravedad en los actos machistas? ¿Todo hombre cis heterosexual es potencial violento, abusador, machista? ¿Puede una persona desprenderse de su idiosincrasia patriarcal? ¿Cómo sucedería eso? ¿La condena social posibilita u obtura su deconstrucción?

Para bucear en estas incógnitas nos apoyaremos en las intervenciones de Dora Barrancos, Eleonor Faur, Alba Rueda, Ileana Arduino y Ariell Carolina Luján, en la charla “Transfeminismos antipunitivistas” coordinada y organizada por la periodista Luciana Mignoli del Espacio de Género del Centro Cultural de la Cooperación (CCC), el pasado 26 de junio.

Foto: Belen Araya

“Nuestra venganza es nuestra autonomía”, se leía en la remera de Ariell Carolina Luján –y que será el título del libro que va a publicar-. Ella es quien denunció a Cristian Aldana de la banda musical El Otro Yo, una de las primeras escrachadoras con trascendencia mediática.

En estos días se dará a conocer la sentencia del juicio contra Aldana, para lo cual la fiscalía pidió una condena de 35 años de cárcel. Ariell se refirió al proceso de judicialización como “traumático” y definió que “en este sistema las víctimas tenemos prohibido defendernos y por eso el escrache es organización y es un sostén emocional. Escrache al macho es autodefensa”. Ariell definió a los “machos” como una “identidad bioasignada” y como “los dueños de nuestras vidas y muertes”.

“Hay razones estructurales de la justicia por lo cual surgen las denuncias públicas”, explicó Ileana Arduino. La abogada feminista abrió varios interrogantes para pensar el antipunitivismo en sociedades profundamente punitivistas. Las violencias cometidas por las personas e instituciones son también aleccionadoras. El salario disciplina. La violación disciplina. El abuso disciplina. El golpe disciplina. La palabra disciplina. El patriarcado nos normaliza, nos controla y nos castiga cuando no cumplimos con el mandato.

“¿Las herramientas del amo nos sirven? ¿Cómo se percibe algo como violento? ¿Existen las comunidades puras?”, preguntó Ileana a sabiendas de que no hay respuestas certeras y absolutas. Por lo pronto pareciese que la ruptura del silencio que ella propone se transformó en escraches y advierte que “poner en discusión el método no es dudar del relato”, considerando que muchas veces se pone en tela de juicio la veracidad de la palabra de quien denuncia y por eso tomó fuerza el “yo te creo”.

Por su parte, la socióloga Dora Barrancos indicó que hay una desaparición de reglas sensatas y humanas y que el proceso judicial “es un camino tenebroso y un nuevo martirio”. Propuso “generar un marco de alta institucionalidad” y crear un instituto para atender las violencias. “Más de lo mismo está probado que no sirve. El capitalismo lo conquistó todo y hay que inventar una fórmula antiviolencia”, afirmó.

Hay que considerar además que no todas las situaciones de violencia pertenecen al ámbito de lo penal y que las violencias más cotidianas, como la psicológica, son más difíciles de encarar en la búsqueda de justicia.

La socióloga Eleonor Faur, quien realizó entrevistas con estudiantes, autoridades, docentes y familias del Colegio Nacional Buenos Aires y el Carlos Pellegrini a raíz de los abusos allí cometidos, contó que en ambos casos hubo inicialmente una condena moral sobre las estudiantes denunciantes por parte de les directives. Destacó también la lógica adultocéntrica que se produjo, donde les adultes negaban las experiencias y saberes de les jóvenes, y por ende deslegitimaban sus reclamos.

Luego de ese momento de “arrebato de las certezas”, como lo calificó Eleonor, se produjo una re significación de lo que estaba sucediendo y les estudiantes lograron instalar la necesidad de la deconstrucción como un “imperativo ético” y pudieron organizarse para prevenir situaciones machistas y construir dispositivos propios para actuar ante las mismas.

Las instituciones y organizaciones que tomaron la decisión de abordar estas situaciones y buscar soluciones para prevenirlas, crean protocolos, realizan talleres, accionan dispositivos para el acompañamiento y la prevención. Pero queda en el aire la pregunta sobre la justicia, sobre cuáles van a ser las acciones reparadoras o las sanciones sobre quienes ejercieron violencia.

¿El castigo sirve como acción ejemplificadora para les demás? ¿Las personas feministas nos hemos vuelto un dispositivo de control? ¿Un tribunal sancionador?

“Hay que esperar”; “Aguantemos un poco más”; “Son muchos años de educación machista”; “Tienen que hacer el proceso”. Son algunas de las frases que se escuchan habitualmente.

No basta con haber transitado el doloroso proceso de asumirse como persona violentada, exponerse, aprender a develar el entramado, modificar la práctica, enseñar al otre, y combatir las resistencias que aparecen.

Las acciones machistas denunciadas envuelven a la persona y es muy difícil correrse de esa posición para entablar una relación. Cambió la mirada con la que se ve-siente al otre. En nuestra jerarquía de valores tenemos ahora al feminismo como uno central, y desde afuera parece fácil decirlo pero cuando nos sucede en primera persona las ideas no son tan claras. ¿Qué hacemos el amigo que fue infiel a su novia? ¿Qué hacemos con el compañero de estudio que fue agresivo? ¿Qué hacemos con un hijo violento? ¿Qué hacemos cuando nos damos cuenta que papá no resigna sus privilegios masculinos en el hogar?

Tenemos entonces que militar la deconstrucción, socializar el saber adquirido, ejercer la pedagogía feminista. ¿Por qué se escucha tanto que “se tienen que deconstruir solos”?

Mientras se avanza con los procesos, aparecen nuevas preguntas. ¿Debemos actuar igual ante un caso donde el varón reconoce sus violencias y se dispone a deconstruirse que alguien que no las asume? ¿Cuáles son los criterios para definir eso? ¿Quién garantiza el cumplimiento de la deconstrucción? ¿Desde qué óptica epistemológica-política lo hace?

“Son nuestras condiciones de vida lo que construye nuestra identidad”, consideró Alba Rueda, activista trans e integrante del Espacio de Géneros del CCC, que habló sobre las intersecciones del feminismo y el travesticidio social. Advirtió sobre las diferencias en el acceso a los derechos al observar que no todas las personas van a salir exitosas con los dispositivos que hay actualmente para denunciar.

“¿Cómo discernir los diferentes odios? ¿Cuál es peor? ¿Por qué algunas víctimas tienen que ser más protegidas que otras? ¿Quiénes son los sujetos valiosos para las sociedades y el Estado?”, preguntó.

A esas preguntas se le suma una de las discordias actuales que ronda en torno a la velocidad con que debe hacerse justicia feminista y cuánta culpa carga el agresor si consideramos, como dice Rita Segato y Pierre Bourdieu, que el machista es un producto del patriarcado que también cumple un mandato.

Entonces, ¿sólo se busca castigar o se quiere transformar la sociedad?

Si estamos de acuerdo en que los linchamientos a los pibes y el endurecimiento de las penas no es el mejor camino para atender las emergencias sociales, si coincidimos que para poder reencausar los contratos sociales se requiere de alteridad, y si pensamos que la violencia genera más violencia, ¿podemos estar de acuerdo que el castigo en sí, sin acciones que tiendan a generar cambios en las personas, no es una solución para erradicar las violencias de género?

Para quienes pensaban que denunciar lo más hondo de las violencias iba a ser suficiente para que las cosas cambien, se puede ver que no. Los acontecimientos coexisten con la disputa por el sentido común de las cosas, y pocas veces ganan “les buenes”. Por eso hay que explorar nuevas formas de hacer justicia.

Los conflictos son el motor de la historia, las correlaciones de fuerzas por la hegemonía generan tensiones y contradicciones, las resistencias existen siempre. Por eso una de las tareas es asumir el puesto de lucha a conciencia de que no hay un ideal nítido ni común de a dónde queremos llegar sino que lo vamos construyendo en el andar, y que la dialéctica y dinámica de la historia se va transformando con nosotres inmerses en ella.

No callarse, recordar una y mil veces la misma cosa, insistir, no rendirse. Recordar que los cambios no son ni inmediatos ni homogéneos. Resistir avanzando. Si bien esta posición manifiesta cierta resignación a las posibilidades reales de que el patriarcado se caiga ya, y da cuenta de que hay que seguir “aguantando”; plantear la “revolución feminista permanente” responde a una estrategia política para no retroceder en las victorias conseguidas y, lo más importante, que no sea que por querer avanzar muy rápido perdamos en el camino a les compañeres que quieren y tienen que sumarse a este tsunami tranfeminista.

 

Foto: Belen Araya

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