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17 junio, 2019

El patriarca

Por Lara Werner

Hay un dicho popular que dice “Dígame con quién andas, y yo te diré quién eres”. El apoyo de Bolsonaro a Macri, evidenciado en su rápida visita a Argentina, habla mucho de ello. Obviamente no se esperaría otra postura de Macri, una vez que el juego de imágenes, aquí, es la perspectiva de afirmarse al lado de supuestos victoriosos. Hay similitudes en la trayectoria de las elecciones vencidas entre Bolsonaro y Macri, pero también hay diferencias. Y esas diferencias hablan mucho más de las expectativas del electorado que las personalidades de esas dos figuras políticas (así espero). Nada puede ser peor que Bolsonaro…

Cuando Macri fue elegido, la izquierda brasileña dio poca atención al hecho: muchas personalidades de la escena política hablaban de la respuesta de la población en países como Portugal, España y Grecia a las políticas de austeridad impuestas por la racionalidad económica de los países europeos más ricos, una forma discursiva que intentaba justificar el llamamiento a las masas que no sobrepasan el fetiche por los camiñones de sonido en manifestaciones en las regiones centrales de la ciudad. Poco se hablaba sobre lo que piensan las periferias, la clase trabajadora sin vinculación partidaria. Una vez, en un evento de la universidad, cuestioné tal postura llamando la escena política brasileña de “simulacro de democracia”, contraponiendo el discurso de una izquierda que hacía críticas a la actuación de Dilma y del Partido de los Trabajadores sin presentar un análisis razonable de la realidad.

La antropóloga Rosana Pinheiro Machado investiga hace diez años la opinión de electores en algunas ciudades brasileñas -entre ellas Porto Alegre, cuya periferia pasa por transformaciones relacionadas con las facciones que controlan el tráfico de drogas- y observó la conversión del lulismo en bolsonarismo. El bolsonarismo, según la cientista social, como movimiento de adhesión electoral a la figura de Bolsonaro, no se trata de un apoyo estricto a la personalidad del político, sino de un conjunto de justificaciones para una elección que habla, sobre todo, de la insatisfacción con las dificultades vividas cotidianamente por las personas en sus territorios. Tal vez éste sea un punto común entre la victoria electoral de Macri en 2015 y Bolsonaro: la insatisfacción popular que espera un poco más, un tipo de solución milagrosa, y recae sobre la figura de un patriarca.

Pero necesitamos hablar de la trayectoria política de Bolsonaro, para comprender el riesgo que nos plantea. Cuando fue elegido diputado estadual por primera vez, en 1990, en las primeras elecciones realizadas después de años de dictadura militar, todos se preguntaban como una figura tan “vacía” como él pudo elegirse por 6 veces consecutivas (comprendiendo 24 años en la vida política) , defendiendo la disolución del Congreso y retorno de los militares y de la dictadura. Lo que hoy es evidente es que Bolsonaro tenía electorado propio, formado a partir de la organización y actuación de las milicias en la ciudad de Río de Janeiro.

La victoria de Bolsonaro a presidente en 2018 revela cómo el conflicto social involucrando a los territorios en disputa por el tráfico moldea la opinión pública periférica, mientras que la clase media expone las fracturas del pensamiento popular brasileño: racismo, sexismo, machismo, xenofobia. Bolsonaro es la cara de una máquina movida por el odio.

Obviamente, el discurso de apoyo de Bolsonaro a Macri se da por argumentos económicos, es una especie de discurso listo para hablar lo que gran parte de la población, sin mayor visión crítica, desea oír: el milagro por la vía económica. Este milagro no existe. Lo que observamos en la política económica de Bolsonaro es el grave despreparo de su equipo, aparentemente sin un proyecto coherente que vaya más allá de la reducción del Estado, a través de la venta de empresas públicas y privatización de los servicios. La “política del Estado mínimo” es todo lo que el esquema de las milicias necesita para dominar con mayor penetración los territorios, con su microeconomía propia basada en propinas y manejo de la violencia a través de más violencia.

Lo que efectivamente necesitamos hablar sobre Bolsonaro es en el retroceso civilizatorio que representa para las frágiles democracias en América Latina, rehenes de sus oligarquías que siguen reproduciendo la máquina colonialista. La política de Bolsonaro no se da a través del crecimiento económico, sino de la efectividad de la barbarie. Su claro posicionamiento contra políticas de inclusión social, el ataque a los derechos de las mujeres, al enfrentamiento de la LGBTfobia y homenaje a figuras como el Coronel Ustra -que durante la dictadura se hizo conocido como uno de los más violentos agentes del Estado (además de choques eléctricos, la agresión física e impresionantes técnicas de tortura, Ustra es conocido como un militar que, entre otros actos, colocaba ratas dentro de la vagina de las mujeres presas)-, son puntos que no deben ser olvidados en el embate de ideas durante la disputa electoral en los países vecinos.

Lo que estamos viendo, en Brasil, es un rápido desmonte del Estado para entregarlo de vez en manos de organizaciones criminales, con la excusa de combatirlas. No se engañen con promesas económicas.

Foto publicada en el Instagram de Bolsonaro

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