17 agosto, 2019

Revista feminista y popular

Relatos

6 mayo, 2019

Pable

Por Cyn Var

Pablo abrió los ojos y vio en el cielo raso descascarado un brillo que lo encegueció por un instante. Había amanecido y el rayo de sol que entraba por la rendija de la persiana pegaba justo en el cairel que colgaba de la lámpara del techo. El tema de Kalunga, Oximaré, sonaba de fondo en la alarma del celular.

Fue ahí cuando se dio cuenta de que sentía frío y se encontraba casi desnudo en boxer sobre el piso de madera. No entendía cómo había llegado ahí. Sólo recordaba un sueño de un choque de frente, en donde no podía abrir la puerta del conductor para salir del auto.

No entendía por qué le dolía tanto la vida, porqué se cargaba la mochila con tantos temas. Sobre todo lo económico porque “lo material no importa” y “lo verdaderamente importante es que las personas que ames estén bien”. Seguía apareciendo la culpa una y otra vez.

Siempre le gustó hacer reír a la gente, desde pequeño se disfrazaba e interpretaba personajes en obras de teatro improvisadas para familiares donde siempre dejaba un mensaje tipo moraleja para les espectadores donde cuestionaba algo de lo cotidiano y si era necesario hacía el ridículo. Cuando adolescente, siguió haciéndolo con su curso de perito en técnicas bancarias e impositivas. Y siempre era celebrado. Sus compañeres lo aceptaban, aunque su apariencia nunca fuera la hegemónica para la categoría de mujer. Siempre estuvo del lado de les nerds y bohemies, nunca de les deseables para la mayoría. Siempre andaba de hardcore o alternativo. Incluso hasta intentó ser rollinga, y nunca le gustó el fútbol.

*

Luego de chequear si su pequeña hija y sobrina estaban bien en el asiento de atrás, quedó entumecido por el susto en la cara de las pequeñas. Lloraban sin comprender qué había pasado. Las besó y abrazó, les dijo que todo iba a estar bien y que iban a ir a la clínica a ver un doctor para chequear que todo “esté en su lugar” (como si hubiera un lugar correcto en donde las cosas debían estar en ese momento). Tía, mamá está en el teléfono, quiere hablarte, ¿Qué le digo…?

En ese instante se acercó una mujer con el pelo lacio y rubio, gritando eufórica, -“¿Qué hiciste…? ¡¡¡¿Qué sos?!!! ¿Pelotudo o pelotuda? ¿Qué mierda sos enfermo o enferma? ¡¡¡Dame los papeles ya!!! -Mi mamá está sufriendo, la tengo que llevar a la clínica urgente-.

En ese momento las lágrimas comenzaron a brotar en los ojos de Pablo, no sé sabe si por el susto del momento, si por las preguntas de la mujer, si por el llanto de las niñas ante la reacción de la mujer que parecía que habían aumentado en volumen auditivo y cantidad, si por la otra mujer anciana que sufría dos autos más adelante y lo único que podía ver desde su lugar era el color blanco de la carrocería del auto.

En ese momento parecía ser más importante para la mujer poder definir su género que generar empatía -si se puede- con un ser humano que puede desmayarse y perder el conocimiento al volante. Pablo le preguntó si su madre llevaba cinturón de seguridad puesto y la mujer rubia nunca contestó.

El chico de adelante se arrimó a la ventana del conductor, viendo que no podía salir del auto, y le pidió los papeles hablándole gentilmente en masculino. Pablo le pasó los papeles llorando y el chico le dijo: -Quedate tranquilo que yo le pido los datos y después te los paso. Cuando vio sus documentos le dijo: –Perdón, quedate tranquila.

Pablo salió por la ventana del conductor y sacó las balizas del baúl, había que detener el río de autos que seguía avanzando como si nada allí hubiera pasado.

Llegaron más policías y seguían dándole instrucciones de lo que debía hacer, que era mejor correr el auto de la ruta para que no siga corriendo riesgo, cómo tenía que hacer la denuncia, etc. Y Pablo preguntó: –¿No deberíamos llamar a tránsito para cortar la calle primero? -Sí, sí, -dijo el policía. Pero van a demorar mucho, vamos a tener que hacerlo nosotros.

Había dos patrulleros 4×4 en la calle lateral y ninguna persona policial (en su mayoría varones cis) parecía tener intenciones de ayudar. Fue entonces cuando dos oficiales femeninos cortaron la ruta y entre Pablo y el policía presente corrieron el auto a la bajada de la autopista.

Pablo no hablaba, no gritaba, ni siquiera susurraba. Sus lágrimas eran continuas y su mirada perdida. Su hermana, con la que ya había hablado, había organizado por teléfono el “rescate” de las pequeñas. El padre de cada una de ellas había llegado para llevarlas a la clínica.

Pablo le agradeció al padre de un compañero de su hijo del colegio, que justo pasaba por allí, el prestarle la baliza ya que la de él no podía mantenerse en pie, el viento la tiraba una y otra vez. Le dijo que no hacía falta que se quede, que él solo podía esperar la grúa, además estaba con sus hijos en el auto y no tenía que hacerlos esperar. Cuando se fueron, las lágrimas de Pablo aumentaron, ¿Qué iban a decir en el colegio los padres y madres compañeres de sus hijes? Iba a dejar de ser persona “confiable” para trasladar niñes, de ahora en más. Iban a decir que no es un adulto responsable, andá a saber qué estuvo haciendo la noche anterior pensarían. ¿Cómo que se desmayó? Algún problemita tiene. Rápidamente repasó la noche anterior y recordó que había estado leyendo a Kusch en un grupo de lectura, sobre el “estar siendo” y sobre si Perón era peronista. Pero había dormido 6 horas, las mínimas para no dormirte al volante. ¿Dónde estaba la falla de su sistema?

Al rato llegó su otra hermana que estaba por la zona y lo abrazó fuerte. Le dijo lo mismo que había escuchado anteriormente, el auto no importa, lo importante es que están bien. Pero hasta ese momento nadie le había preguntado cómo estaba, y él tampoco había podido contar lo que le había pasado. Le dijo que iba a estar bien, que cualquier cosa la llame, se tenía que ir a trabajar. Se despidió de su hermana y se subió a la grúa.

Pudo hablar recién dos días después, cuando habló con su ginecólogo y le pidió que le haga todos los estudios necesarios para hormonizarse. Que no podía seguir aguantando vivir así, explicando todo el tiempo qué pronombres usa, que no se identifica con el género que le asignaron al nacer. Que desea a mujeres cis, lesbianas y varones trans por igual. Que ama su cuerpo, que no tiene problemas con él. Pero que el problema es de la sociedad que no puede “leerlo” como una transmasculinidad no binaria. Que no va a renovar su guardarropa por completo y que la ropa no tiene género. Que duda todos los días en adecuar su expresión de género aún más masculina para que el resto de la mierda de sociedad no lo cuestione. No lo avasalle en su propia cara. Que sus amigues más allegados le digan: -“sabes que te quiero y me cuesta nombrar bien tus pronombres, pero me importas”. Que sus familiares le digan: -“a pesar de nuestras diferencias (ideológicas feministas) en las cuales no acordamos, nos amamos“.

El ginecólogo le dijo que tenía que pensar muy bien que era lo que quería, porque lo que le podía comentar él es que su único paciente varón trans odiaba su genitalidad, sus pechos y se hizo una mastectomía y utiliza una prótesis peneana, y que estaba muy contento ahora con su decisión. –“Es como un cinturón con forma de pene, que usa debajo del pantalón para simular que lleva un bulto” (Mientras escuchaba eso Pablo recordaba su dildo rosa de textura aterciopelada que disfrutaba tanto usar y tanto placer le brindaba, pero no dijo nada). Que ya había cambiado su dni y para todas las personas era un varón. Pablo en ese momento se preguntó: ¿él tendrá dudas de cómo se ve para él mismo? Y recordó una charla que había tenido con Clara, sobre el cambio de nombre en el dni cuando se tiene hijes y cómo repercute legalmente.

Pablo sabe muy bien lo que quiere, pero pareciera que no entra dentro de las etiquetas que se manejan en el mundo real, en el mundo académico y activista.

*

Se levantó del piso de madera y se subió a su cama, se puso una bufanda alrededor de su cuello, con una mano soste niendo su cintura dolorida y con la otra levantando el palo de hockey de su hija al mejor estilo SHE-RA. Dijo yo soy Pable, al tiempo que sonaba el ringtone de “My Manic & I” de Laura Marling.

 

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