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23 marzo, 2019

SEXUALIDAD EN LA DIVERSIDAD FUNCIONAL

Por Paula C. Borsani, Cyn Var y Dana Melidoni

Silvina Peirano es profesora de Educación Especial y especialista en personas con diversidad intelectual con más de 20 años de experiencia en el área de sexualidad y discapacidad. Ha desarrollado su tarea tanto en escuelas especiales del Conurbano Bonaerense, en González Catán durante los años noventa, como en acompañamiento y asistencia sexual a personas con discapacidad en Barcelona, España, en el año 2000. En ambos países ha dejado su huella creando espacios destinados a la garantía de los derechos sexuales de las personas con discapacidad.

Se ha dedicado, a su vez, a la recopilación y difusión de materiales sobre la temática. Desde el 2013 se dedica, en Argentina, a la formación en el área orientada a profesionales y familias, y es también profesora especial en profesorados de CABA en dos cátedras de ESI (Educación Sexual Integral).

Pese a la extensión de sus aportes al área, insiste una y otra vez en la importancia de habilitar espacios para que las personas con discapacidad hablen en primera persona y sean las protagonistas de sus propias historias, reclamos y expresiones políticas. En esta entrevista habla con gran claridad acerca de estos temas en relación al feminismo.

-¿Cómo crees que influye el feminismo en las discapacidades?

-No es casual que yo prefiera hablar de diversidad funcional y no de discapacidad. El modelo de la diversidad funcional, o filosofía de la vida independiente, es un concepto de diversidad humana, mientras que el de la discapacidad hace referencia a la falta de habilidades que presenta una persona,  en función de aquéllo que puede o no puede hacer: qué le falta, qué no tiene, qué hay que compensar. Haciendo un poco de historia, nosotrxs venimos de un modelo minusvalizante,  asistencialista, tomado por el modelo médico rehabilitador que se apodera del cuerpo de las personas que ellos denominan discapacitados. Este es un concepto negativo de los cuerpos y sus funciones, donde se tiende a creer que la discapacidad es una enfermedad. Esta idea es la que tendemos a tratar de quitar: nosotrxs no hablamos de enfermxs o discapacitadxs, sino que hablamos de ciudadanos y ciudadanas de derecho. Esas son las personas con discapacidad. Ese es el paradigma del cual no hay vuelta atrás en torno a las personas con discapacidad.

-¿Podemos entonces acá también hablar de un lenguaje inclusivo?

-El principal problema que tenemos en relación a estas personas es seguir llamándolas discapacitadas. Esto es, en sí mismo, una abyección de género, de géneros. Ese modelo es el de “los discapacitados”, que no son mujeres, no son trans, no son cis. Parecería que no importa. Es un modelo asexualizante, dónde parecería que su sexualidad fuera su propia discapacidad, o lo que es peor aún, su patología.  La patologización de estas personas y de sus sexualidades nos hace pensar en la necesidad de sostener un constructo sexual específico en torno de cada unx, de la persona sorda, de la persona  ciega, etc.

-Es muy interesante lo que decís, es parecido al uso de la palabra hombre para referirse a todas las personas… ¿Qué discriminaciones atraviesan las personas con diversidad funcional?

-En general las preguntas de lxs profesionales y de las familias a las que lxs profesionales se encargan de asesorar, son acerca de qué va a poder hacer la persona y qué va a poder hacer en el sexo.  Y en este concepto productivista y capitalista del sexo y las sexualidades, se pone en juego lo que se denomina, desde una perspectiva para mí sincrética, la doble discriminación en relación a las niñas y mujeres con discapacidad. O sea, no solamente es discapacitada, encima es mujer. Yo creo que esta perspectiva quedó atrás hace muchos años. Nosotrxs preferimos hablar de interseccionalidades, dando vuelta a ese concepto negativo. A ese concepto negativo del ser discapacitada, se agrega un concepto negativo del ser mujer, y a esos  sumamos múltiples discriminaciones, un concepto negativo de ser pobre, negra, etc. En este caso, para tenerlo en cuenta, mujer, pobre, del conurbano y con discapacidad.  Y dentro de la discapacidad, no es lo mismo ser una mujer con discapacidad intelectual, por la infravaloración que se hace en base a su cociente intelectual, que ser una mujer con una discapacidad física, y a su vez no son lo mismo todas las discapacidades físicas. En fin, existe una jerarquización de los grados de discapacidad. En definitiva, de lo que no se desea ser. Esa es, en gran medida, la representación antropológica de la discapacidad: lo que no deseamos ser.

-¿Qué hacemos ante estos refuerzos negativos?

-La cuestión es cómo unimos el deseo, la decisión y la autodeterminación, con el derecho a desear a personas que consideramos indeseantes, improductivas, indeseables. Este concepto de mujeres con discapacidad es un concepto muy potente, que tenemos que ampliar muchísimo más allá que la doble discriminación por ser mujer con discapacidad. Creo que hay que pensar esos conceptos completamente en positivo, en el plural de las sexualidades, en clave de diversidad. Lo maravilloso de ser mujer, pobre, gorda, lesbiana, negra, disca. El problema es que acá las luchas de las organizaciones atrasan miles de años en relación a lo que sucede en la sociedad. Acá todavía estamos luchando por si lxs vamos a declarar o no capaces de decidir sobre sus propias vidas y cuerpos. Falta mucho para pensar esa discusión, pensar a una mujer en toda su diversidad, y que estas mujeres se sumen a la diversidad funcional.

-¿Es una deuda pendiente del movimiento feminista?

-La mayoría de los feminismos adolecen de ser capacitistas, es decir, de pensar que las personas tienen que ser capaces para tener sexualidad, que la sexualidad es algo que se tiene. Este también es un concepto errado. La sexualidad no es algo que se tiene, es algo que se es. Pareciera que hay que dar cuenta de que también se es sexual. Esto aparece todo el tiempo: “yo también puedo”, “yo también se”. Se trata de mensajes que adhieren a una cuasi teoría llamada porno inspiracional, donde las personas con discapacidad nos despiertan miedo, angustia, condolencia, sensibilidad y llanto, pero no nos desean el deseo, el deseo erótico, sexual. Por el contrario, nos despierta el deseo de no ser, de que no nos toque a nosotrxs, a nuestrxs hijxs, familiares. Entonces, el feminismo creo tiene una gran cuenta pendiente, un gran acto de justicia que hacer en relación a las mujeres con discapacidad. Y, además, en relación a las mujeres con discapacidad que están fuera del prototipo de mujer bella, blanca, rubia, simpática, etc. Hoy día hay muchas personas que están entendiendo que la discapacidad no es un problema, y que no es una problemática sólo de ellxs, de sus familiares y de quiénes trabajamos con ellxs, sino que es parte de la diversidad humana.

-Sucede muchas veces que si en el interior de las organizaciones no están las personas que sufren las discriminaciones u opresiones, es difícil incorporar un punto de vista que no se conoce, ya sea porque no está la persona ahí para contarlo y mostrarlo, o porque no se interesaron en ampliar la mirada…

Hace seis anos, cuando volví a la Argentina,  quise unirme a muchas instancias de distintos colectivos, incluyendo a los de la diversidad sexual, y nunca me dieron pelota, sino todo lo contrario. Para muchxs yo sólo hablo de discapacidad, no hablo de sexualidad, de mujeres, de diversidades. Y estas cuentas aún duelen. Aún hay un mensaje capacitista en todos los mensajes feministas: “todas marchamos”, “todas nos ponemos de pie”, “todos los puños en alto”. Y hay mujeres que no pueden marchar. Hay mujeres que querrían reivindicarse pero que no se pueden levantar de la cama. Hay mujeres que por más de que puedan levantarse de sus camas, no las dejan sus familias, cuidadorxs, parejas, por su condición de discapacidad. Los conceptos de diversidad funcional y de género se interseccionalizan, no se oprimen el uno al otro sino que deberían potenciarse entre sí. Hay que dejar de ver la discapacidad como una desgracia. Nada que se piense desde el sufrimiento, el dolor, la angustia, la soledad, puede ser erotizado. Hay que tratar de erotizar el concepto de diversidad funcional, devolverle a las personas con discapacidad lo que les hemos quitado, que son sus sexualidades, concebir a la discapacidad desde un marco de derechos y no desde el modelo médico rehabilitador. Al respecto hay muchas mujeres con diversidad que están dando una lucha muy potente, y que son invisilizadas. Son muchas identidades aún por descubrir dentro del colectivo feminista: qué significa ser una mujer sorda, una mujer ciega, con autismo, por ejemplo, en Argentina.

-¿Qué leyes te parece que faltan?

-Existe un documento en el ámbito jurídico al que la Argentina adhirió que se llama Convención de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad. Ahí están todos los derechos específicos, sexuales y reproductivos. Pero todo este marco no alcanza, no alcanza la ESI porque antes hay que romper el modelo médico rehabilitador. Las mujeres con diversidad funcional siguen siendo consideradas personas dependientes. Y esa dependencia, esa violencia, no es nada sutil y está naturalizada. Muy pocas personas denuncian a cuidadorxs ante situaciones de violencia, ya que se las culpabiliza por sus propias limitaciones. Aún se sigue esterilizando y suministrando anticonceptivos a las mujeres con discapacidad sin su consentimiento. Y todo esto está validado por los conceptos de invalidación de las mujeres con diversidad funcional, subsumidas a la idea de una niñez eterna. Se sigue empezando la casa por el tejado: no se les da ESI pero se les da métodos para no tener hijxs. Y esto no es para evitar los abusos, sino para impedir la reproducción de “lxs incapaces”. Hay muchos conceptos como estos, muy enquistados. Y el marco jurídico de derechos no nos alcanza si sigue faltando la voz empoderada de las mujeres con diversidad funcional. Pero esto no va a pasar, porque si pasara ¿para qué vamos a estar? ¿para qué vamos estar lxs terapeutas, asilos, manicomios?

-¿Qué seguimos entonces para ampliar derechos?

-Lo que yo sostengo es que la discapacidad, su medicalización, y la industria de su cuidado, aquí y en todo el mundo, es una mercantilización, un negocio impresionante. Y es muy difícil luchar contra estos emporios y llegar a las mujeres con discapacidad, porque antes tenes que romper la barrera de las instituciones, las asociaciones de padres… Aquí no hay una voz del colectivo en primera persona. No hay una reivindicación. Hablar de género y sexualidad se torna una cuestión elitista. Lo primero parece ser que aprenda la persona a caminar, hablar, a leer y escribir, y después nos ponemos a pensar en su sexualidad. Y la sexualidad aparece como un problema: “qué puedo hacer para que no haga lo poco que hace, no tenga pareja, para que no se embarace, para que no despierte deseo”. Es una postura restrictiva, donde no hay conexión con el propio deseo, con el conocimiento del propio cuerpo. Y en este contexto actual, donde las personas con discapacidad luchan una vez más por su supervivencia, con la quita de pensiones y demás, es difícil pensar en la cuestión sexual. La sexualidad aparece como una instancia superior no prioritaria, cuando es al revés: hace fluir todo lo demás. Pensar en niñas, jóvenes, mujeres adultas, adultas mayores, trans, lesbianas, con diversidad funciones es lo que nos falta. Todas las demás instancias de discriminación han encontrado su reivindicación, mientras que la diversidad funcional quedó ahí, atrás, ciega, sorda y muda.

Foto por Son Miradas Neuquén de la muestra Mapas de Placer, organizada por el centro Julia Pastrana Patagonia.

Foto por Son Miradas Neuquén de la muestra Mapas de Placer, organizada por el centro Julia Pastrana Patagonia.

Foto por Son Miradas Neuquén de la muestra Mapas de Placer, organizada por el centro Julia Pastrana Patagonia.

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