25 mayo, 2019

Revista feminista y popular

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21 febrero, 2019

TELO

Por Nahir Magalí Blanco

-Emoji de saludo agitando una mano blanca

-Respondo recíproca, pero con emoji de color.

Son casi las doce de la noche. Dejo los tacos y las plataformas para no alardear con mi monstruosidad innata en la pasarela del microcentro. No es una carta válida en este juego. El bondi que me deja anticipa luces de colores. El saludo virtual se convierte en compañía presente cuando él se acerca a mí. Decidimos fugarnos de las obligaciones para zambullirnos en una noche caricaturizada. Elegimos ser los dibujitos pornográficos de un canal bizarro que alguien más está mirando. Me da vergüenza pedir una habitación, pero nunca lo admito. Me hago la sota. Pago todo yo.

-Habitación 5, piso 4.

Dice la señora sin rostro con un hilo de voz desganado.

El ascensor cae unos centímetros cuando subo con todo mi peso. Pongo la cadera de costado para entrar bien. Él ingresa sin conflicto porque, si quisiera, podría entrar como un fideo colándose entre las rejitas de las puertas vintage. Trato de no mirarlo a los ojos, mientras me hago la superada. Me inquieta saber qué va a hacer cuando vea la cantidad de carne que escondo debajo de la ropa (que fue estratégicamente acomodada) y pretendo tirarle encima. ¿Tendrá miedo de fracturarse? ¿Se arrepentirá y saldrá corriendo, fingiendo que hay un incendio? ¿O cogeremos y, más tarde, alardeará con sus amigos que se comió a una gordita? ¿Y si simplemente no se calienta conmigo?

No tarda en desvestirme. Lo sigo. Se me pone la piel de pollo por el aire acondicionado y el pudor que siento a pesar de mis treinta. Apaga la luz. No entiendo si es para no ver mi grasa fofa, mis tetas flacas algo caídas o el globo terráqueo que llevo puesto como culo celulítico disputando, constantemente, protagonismo en el mundo. ¿Qué piensa él de su cuerpo? ¿Por qué nunca se lo pregunté? ¿Sería ofensivo o más bien informativo? ¿Entiende cómo juega este abismo físico entre nuestros cuerpos socialmente? ¿O se cree más gigante que yo? ¿Y si se sabe una hormiguita flaca con orgullo? ¿O compensará su falta de carne con mi gordura? Obviamente, no puedo preguntarle nada de eso ahora. Opto por seguirle la corriente y jugar el juego en un cuarto expropiado, testigo de muchas cosas que prefiero ignorar.

 

Mi grasa se acopla a su delgadez. Me integro a la coreografía de los cuerpos junto a sus huesos de niño en la intimidad de un telo barato. Me da gracia. Es como si ambxs hubiéramos crecido a diferentes velocidades o en universos paralelos. Él quedó en el tiempo, infante y libre, pequeño, con todo por vivir. Yo, en mi desarrollo acelerado que siguió creciendo a los costados después de los 21, estancada en temor y prejuicios, mente de adulta tenía que ser.

Me concentro y me dispongo a jugar aunque me cueste unos vasos de vino. Me siento arriba, a pesar de que me da miedo romperlo. Trato de confiar en nosotres. Mi carne se agita mientras gotea agua salada que sale de mis poros y se derrama por toda la cama. Siento cómo mi piel accidentada se derrite escabulléndose entre las sábanas. Lo miro de reojo, pero no logro descifrar si tiene los ojos cerrados o está achinado. Me da miedo hablar. Balbuceo su nombre. Me revuelvo el pelo sabiéndome sexy y sigo al compás del ritmo que nos vamos proponiendo con poca originalidad. En eso, levanto la vista y la armonía de la escena creada por mi imaginación, idílica, educada por el cine hollywoodense, es fatalmente derrotada por la crueldad del espejo en un instante.

Y ahí está: la carne expuesta cabalgando ferozmente, despidiendo grasa a chorros, la respiración agitada que me delata falta de cualquier tipo de entrenamiento, la voluptuosidad abdominal con vida propia que habla a través de un ombligo un poco sucio. Las piernas de mastodonte, el maltrato de la depilación urgente más por convención que por convicción. La piel tan blanca que se translucen las venas, arañitas violetas que se componen como copia barata de un Jackson Pollock. El flotador incorporado que me separa de los otros cuerpos y del mundo. Ese rollo que marca un abismo entre la posibilidad de saberme individual, solitaria, con el abrigo de carne fofa en el que estoy inmersa como en un envase que me protege de cualquier amenaza y la vida en comunidad, donde los cuerpos se relacionan, hablan, intercambian, comparten, cogen y nada más parece importarles.

No existe la posibilidad de escapar del tormento que me provoca el reflejo de mi imagen. No ahí. Al frente, a ambos lados, arriba en el techo. Donde quiera que mire hay una doble de riesgo que viene hacia mí desnuda e intempestiva, sacudiéndose la piel, decidida a arrancarme los postres de mis sueños, a vigilar las calorías diarias, a señalarme con el dedo. Es gorda fofa y eso me da más miedo, envuelta en las dicroicas rojas, bizarras. Viene corriendo a los tumbos para tirarse con todo su peso encima de mí.

Abro los ojos. Despierto en un abrazo pegajoso. Me arrastro hasta llegar al borde del colchón para que él no vea mi culo en primerísimo primer plano. Me pongo la bombacha tan rápido como aprendí en los vestuarios de natatorios en mi adolescencia, cuando ya intuía que mi cuerpo era desubicado, siempre fuera de la norma. Guardo mis grasas e interpreto a una chica canchera que se las sabe todas. Él me mira achinado. Nos sonreímos.

Ilustración: La Wacha Warrior

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