16 diciembre, 2018

Revista feminista y popular

Opinión

27 noviembre, 2018

No les pedimos tanto, varones

Por Julieta Correa

Mi amiga me contó que conoció a un pibe.

Salieron. La pasaron bien.

Se vieron una vez más.

Él no le escribió nunca más.

Ella nunca entendió qué pasó.

Todos los días se pregunta qué hizo mal.

 

Con el ferviente avance del feminismo, empezamos a cuestionarnos todo lo que nos rodea. El amor no fue la excepción. Comenzamos a preguntarnos qué es el amor, cómo amamos, cuáles son las distintas formas de amar. Intentamos romper con la idea romántica, patriarcal, capitalista e idealista. No es tarea sencilla: tenemos siglos y siglos de patriarcado encima.

Emprendimos un camino de igualdad y libertad, donde prime nuestro deseo y goce. El amor salió de la esfera privada, de la intimidad, y se posicionó en el ámbito público: tenemos que tratar políticamente al amor, no es una cuestión individual, es puramente colectiva. Con las construcciones sociales, los estereotipos y roles de género que nos impusieron, aprendimos a amar de una única manera.

Tratamos de descubrir nuevas formas de relacionarnos, de encontrarnos con otrxs y también con nosotras mismas. Porque el machismo nos quiere inseguras, temerosas, posesivas, acomplejadas, celosas, competitivas. ¿Qué implica re-pensar el amor? Coral Herrera Gómez escribe en su artículo “Que viva el amor compañero y el compañerismo amoroso” lo siguiente: “El amor compañero es un amor para celebrar, para aprender, para luchar por nuestros derechos, para ayudarnos, para crecer, para organizar nuestros recursos, para construir normas propias, para destrozar las viejas estructuras que nos oprimen… Este amor compañero está basado en el respeto, el buen trato, la ternura, la honestidad y la generosidad. Es una forma de quererse basada en la solidaridad y el compañerismo”. Esta nueva forma de vincularnos puede ser difícil para muchxs, no es fácil desprenderse de lo que aprendimos, queramos o no, desde nuestra infancia. El amor compañero será para todxs lxs que deseen relacionarse en concordancia con lo que sienten, piensan, dicen y hacen.

Pero, ¿cómo actúan los varones frente a este nuevo paradigma? Más de una vez salimos lastimadas cuando nos relacionamos con ellos. No es capricho, no es exageración: con estos nuevos modos de amar algunos se aprovechan de esta libertad para desligarse de sus responsabilidades y no asumir compromisos con la otra persona. Nosotras no queremos casarnos, no pensamos en tener hijes con ustedes, no proyectamos ni idealizamos la relación; buscamos respeto, compañía, cariño. Queremos disfrutar pasando el rato juntes, deseamos compartir y escucharnos. Perseguimos la construcción de vínculos más sanos, donde no exista la dependencia si no las ganas de acompañar(se). ¿Cuánto puede costar entenderlo? ¿Cuánto les importa todo esto? ¿Cuánto más tenemos que soportar? No puede ser tan complicado sincerarse con les otres, no puede ser difícil comprender que estamos vinculándonos con otras personas y esas personas tienen sentimientos. Siempre del otro lado hay otrxs. No estamos solxs.

Cuando hablamos de un amor más sano, más libre, más emancipado, no nos referimos a ocultarnos ni evadir cargas hacia nosotras. Ser aliado feminista no implica ponerse el pañuelo verde, hablar en lenguaje inclusivo y contar lo maravillosa que es la revolución de las mujeres. Implica revisar conductas, renunciar a sus privilegios y realmente reflexionar sobre eso. Y les decimos que esto nos duele: nos duele sus destratos, sus modos de relacionarse, que nos usen y descarten como si fuéramos objetos. Entender el momento histórico supone escucharnos, tenemos mucho para decir. Estar a la altura también equivale a que se sinceren y entiendan que el movimiento de mujeres no va a parar, que vino a cuestionar todo lo impuesto. Que seguramente en este proceso se van a sentir incómodos y se van a encontrar un poco desconcertados, inseguros. Es parte del feminismo. Sépanlo.

Con todo esto, tienen dos opciones: entenderlo e intentar cambiar la realidad o dejar todo como está. Pueden dejar de usarnos para coger, pueden dejar de hablarnos de un día para el otro sin motivo ni razón, pueden dejar de responsabilizarnos y hacernos sentir culpables, pueden dejar de rechazarnos y esquivarnos cuando no nos quieren más, pueden ser más honestos con sus objetivos y sus sentimientos, pueden construir vínculos más sanos e igualitarios, pueden abandonar la idea de hacernos sentir inseguras para creer que tienen más poder. Pero sepan que esto depende de ustedes. Y también sepan que aunque quieran lavar culpas con falsos discursos y reflexiones, nosotras vamos por todo. Nuestra revolución no es solo en las calles y en las plazas: vamos también por la revolución en las camas. Como dice Luciana Peker, vamos por un feminismo del goce, donde también seamos nosotras las que deseemos, las que disfrutemos y sintamos placer.

Hermana, amiga, compañera: nunca es tu culpa. Si un día te quiere y al otro no, si no te escribe, si te ignora, si un día está todo bien y al otro día no entendés qué pasó, tenés que saberlo: no sos la única. Somos un millón. Pero no, nunca es nuestra culpa. Lo repito una y otra vez: no es nuestra culpa. No hicimos nada mal, no tenemos ninguna falla, no nos falta nada. Son sus formas de vincularse, de entender una relación, son sus formas de sentir dominación, de creer que son dueños de nuestros cuerpos y nuestros sentimientos. Pero sepan también que esto no va más. Lo vamos a tirar. No es una frase, es un hecho. El amor también será feminista o no será. Y no se olviden: no están solas, lo personal es político, la sororidad, también.

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