24 abril, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

8 octubre, 2018

RAJÁ DE AHÍ

Por Azul Verzura

Con el tiempo que vuela, el feminismo ferviente y la poca paciencia que nos queda incorporamos un nuevo lema: Si duele, rajá de ahí.

El doler es diverso, amplio, difuso. Me atrevo a decir raro, casi transparente ante los ojos cualquiera. El dolor tiene distinas maneras, lugares, espacios, cuadales. El dolor es tan amplio como el amor, como el sexo, como la amistad. Es imperceptible, indescriptible, e imposible de poner en palabras.

Entendemos que el dolor se refleja en cada acto que nos genere un sentimiento de malestar. Un tono agresivo, una prohibición, un límite donde no va, un insulto, una mala noticia o un cachetazo. Amplio, como dije antes. Pero el dolor es dolor. Se siente, se nota, se niega y se esconde. El dolor implica temor, frustración, soledad, muchas cosas. El dolor es lo que más lejos deberíamos tener. Y no porque siempre hay que ser felices en términos capitalistas, sino que el dolor de unx para con une misme, es innecesario y violento.

Nos enseñaron durante la Era de Cris Morena que si es amor, vas a llorar. Tenes que llorar porque es así. Los chicos son así. Te hacen llorar, o te tiran del pelo en el jardín, te burlan y eso es porque gustan de vos. Y ahí, instauramos un modelo de amor y de formación de vínculos violenta y, por supuesto, patriarcal. Desde aquel entonces donde tu papá o mamá te dice “Este nene te molesta porque gusta de vos”, podemos entender, de manera unidireccional, que el amor y la violencia son la unidad más fuerte de todos los tiempos.

13 años y con el uniforme hipersexualizado de mi colegio, se acerca un docente diciéndome que me quede tranquila, que no llore por lo que me dijo, que sonría; él se va a arrepentir. Y de nuevo, caemos en la misma. No te expreses, no hagas lio, él va a aprender. Pero adivinen qué, jamás se arrepintió. Y yo no lloré porque me insultó.

Que te denigre en clase en frente de tus compañeros y compañeras, que te levante la pollera o que te toque por encima de la remera. No importa “los chicos son así. Se expresan así, dejalo”.

Acostumbradas al dolor de cualquier tipo, a mirar programas donde las mejores amigas se engañan entre ellas, donde hay que dejarlo todo por el chico que te gusta, donde no le tenes que mandar un mensaje porque quedas “fácil” y la histeria siempre tiene buenos resultados, se desconsideró al dolor. Si te llama porque no le respondes –sabiendo que estás ocupada-, está preocupado. Si es celoso, te quiere. Si no respeta tu decisión de no tener sexo y se pasa 15 minutos seguidos tratando de calentarte, le gustas un montón. Si se enoja porque no le respondes un mensaje y arma un escándalo, quiere hablar con vos todo el tiempo. Así nos criaron, abiertas a cualquier tipo de violencia sin darnos cuenta. Presas de un sistema frío, opresor y esclavizador. Idealizando la violencia, al violento, a la situación y culpándonos.

Para lxs que siguen utilizando la premisa “a vos te gusta los que te tratan mal” lxs invito a que estén en la piel de una mujer criada dentro de un mundo donde el dolor no se separa de nada. Donde el sufrimiento es cariño y los límites son parte de todo. No nos gusta que nos traten mal. A nadie, en su sano juicio, le gusta el maltrato. A mí no me gusta el tipo que me objetiva, y a ella tampoco; solamente es que nuestra cabeza está tan arraigada a un ideal que te absorbe de manera tal que se genera una venda en los ojos, que sólo se sale con ayuda.

Borrense la frase culposa con la que se dirigen a la violencia de género donde nosotras somos sobrevivientes en cada acto violento. Borrate que una mina es una histérica porque no sabe lo que quiere. Borrateló. Entende que nuestros vínculos siempre fueron una cagada. Donde lloramos por nuestros novixs y por cada chicx que nos gustó. Donde festejamos una actitud respetuosa y no nos sorprendemos cuando un chabón se caga en nosotras. Borrate de la cabeza que nos gusta el maltrato.

Bórrate de la cabeza que nos gusta el maltrato

La arcada no es necesaria. Tu fuerza lastima. Tu poca información y cultura pornográfica me hiere. Lastima mi cuerpo, literalmente.

¿Cuántas veces le tuvimos que pedir a un flaco que baje la velocidad con la que nos está penetrando? ¿Cuántas veces dijimos “pará pará”? ¿Cuántas de fuiste de la casa de alguno sin haber terminado?

Si las contamos, les daría vergüenza. Y no buscamos la vergüenza, solamente. Buscamos su de-construcción. Su introspección en cada una de las maneras en las cuales se relacionaron con mujeres. Buscamos que su humildad nazca, que pidan perdón, que hablen, que nos miren y entiéndannos como personas tanto sexuales como emocionales, no excluyentes de nada.

El circulo vicioso de los desencuentros sexuales debido a la premisa universal que de una mujer se va a enamorar de por sí. Ese círculo donde cada día, por más debate y visibilizarían que haya, existe y persiste. Hasta el más dulce tiene su lado violento, hasta el más militante te levantó el tono de voz de una manera bastante violenta. No se salva nadie, ni vos ni yo ni ella ni él. Nadie.

Cuando formamos vínculo “sano” llegamos a una sincronicidad entre lo que pasa en la “vida real” y en tu cabeza, donde tu cuerpo y el otro están en sintonía y no te genera nada negativo. Donde el goce está ahí, vivo en cada acto. Lo disfrutas, te relajas. Lo contas. Te reís sin ataduras y te la pasas desnuda. Es una energía que renueva un dolor incesante y lo cura. Hasta (no necesariamente en todos los casos, demás está decirlo) que la responsabilidad afectiva no puede mantenerse en una armonía. “O sos mía, o no te registro. O sos una reina, o una pibita de por ahí. O sos persona u objeto sexual”. Eso. Los mensajes desesperados, el sexo forzado, sus vínculos tóxicos, tus malestares, tus inseguridades provocadas por él son signos de violencia machista. Compañera, si duele rajá de ahí. Yo ya rajé y estoy bien.

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