23 marzo, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

25 septiembre, 2018

PODER CUIR

Por Cyn Var

Cuando algo está bueno, no queremos que se acabe, como el taller de Moira Peréz… pero todo tiene un final, todo perece en algún momento…

Reflexiones hipervinculadas.

Si decimos que enseñar es generar condiciones para que otro aprenda, ofrecer las “señales”, “conceptos” o “signos” que permitirán a les estudiantes comprender la realidad y operar sobre ella es necesario repensar nuestras prácticas continuamente.

Me pregunto, ¿Cómo se enseña en y para la ciudadanía? Sin caer en generalizaciones infundadas e injustas, si decimos que “la escuela”(léase todo aparato capacitador) promueve poca reflexión y, en ocasiones, obtura la posibilidad de plantearse desafíos intelectuales.  Enseñar ciudadanía (teoría queer, intersexionalidad, filosofía, etc) implica, entre otras cosas, animarse a formular preguntas y pensar en el aula (in situ), sin tener todas las respuestas. Pero bancarse las preguntas sin respuestas, bancarse las preguntas sin jerarquizar prioridades. Se trata de recortar situaciones del mundo que nos permitan pensar desde los cuerpos, desde las geografías de acción, desde los márgenes y marginalidad que nos hallamos siempre (como dice Moira desde ese rectángulo que nos precede).  Las preguntas que siempre me vienen a la cabeza cuando abordo un tema que me interesa investigar para modificar mis prácticas son: ¿Qué ocurre?, ¿Qué sería justo que ocurriera?, ¿Qué herramientas legales tenemos?, ¿Cómo construimos poder para intervenir?

Es desde el análisis de las situaciones y de los problemas de la realidad que podemos pensar alternativas de mejora. Desde un enfoque didáctico, este tipo de preguntas invitan a problematizar cada situación y construir argumentativamente algunas respuestas posibles. Se trata para mí de entender la enseñanza como un espacio de provocación cultural. (me encanta ponerme en ese personaje y me he ganado unos cuantos dislikes, si es que existieran…)

En sociedades fragmentadas, desiguales e injustas, como podría ser la nuestra las experiencias sociales suelen ser acotadas y aisladas: cada cual mira el mundo desde su punto de vista y desconoce otras perspectivas y modos de mirar. Y me pregunto, ¿Cómo se puede hacer, cómo sería la manera, se pueden fusionar los cuadraditos de colores que distinguen todas las clases de feminismos, es necesario fusionarlos? O es mejor celebrar las intersecciones que se producen e inventar nuevas configuraciones. Entender que el rectángulo existe, pero que es tan flexible como yo quiero que sea y se me permita. Esto es estableciendo acuerdos claros, con respeto.

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Pensaba en la reunión de Xadres del colegio de mis chikes, dónde sólo fuimos citadas las familias de las “nenas”, por la carta que enviamos en conjunto para que desde la escuela estén atentxs y fomenten espacios colaborativos y no competitivos entre compañeres. Ya que se estaba dando situaciones reiteradas de exclusión de alguna personita aleatoriamente, pero siempre son las mismas personitas que se identifican en el mismo grupo “céntrico” y el mismo grupo “marginal” (cualquier similitud con la realidad mera coincidencia). Entonces desde el colegio el discurso fue, está bárbaro que estén presentes pero tampoco que se metan constantemente en las discusiones de sus hijes. Pero desde la institución, se negó la situación como llevándolo al terreno de las diferencias de roles de género (cuando dijeron los “varones” ya están cansados de escuchar las problemáticas de las “nenas”…dicen: “otra vez”? -Textuales palabras-). En ese momento estaba como xadre en la reunión, por lo cual no podía contestar como docente que le contesta a otres docentes en formación, me tragué las palabras y mi cara se habrá puesto color rojo incendio.

Trataron de separarnos en nuestros discursos alegando que todes “las nenas” tienen mucha personalidad y ninguna se calla ante un problema y lograron que hablemos individualmente de nuevo sobre las problemáticas de convivencia y terminamos diciendo quién eran siempre las víctimas y quienes las victimarias, reforzando esos estigmas. Sin poder ver que esas etiquetas son fluidas continuamente. Y quien termina como víctima arrancó como victimaria… pero siempre son las mismas personas que terminan excluidas. Entonces como acompañarlas para que puedan ver este patrón de conducta y puedan modificarla. Pudiendo aceptar las diferencias que las caracterizan, personalidades y gustos.

Como dijo una “madre” en la reunión, “(…) obviamente no vamos a ser todas las madres amigas, entre nosotras algunas tenemos más afinidad que con otras, pero eso no quita que nos saludemos y hablemos bien (…)”. Por lo cual, cuando hay dos personas enfrentadas desde la “esencia/ser-estar/presencia” ¿Cómo se dirime esa barrera? Creo que es mucho más difícil que decir, se discuten ideas, no personas… no compartiendo espacios, lugares.

Ahí aparecen aportes desde nuestras casas, como invitar a compañeras que no siempre venían o se invitaban, generar un intercambio más fluido y multifactorial entre ellas, dentro de lo que habiliten las personitas sujetos de derechos.

Volviendo a la reunión, en vez de pensar en conjunto formas o modos de acción de ahora en más sobre el tema en cuestión, se trataba de seguir detallando el problema y ver la causa de porqué “las nenas” son tan “malas” entre ellas con tan sólo 9 o 10 años.

Cuando decimos que el Estado, las instituciones, no contemplan nuestros derechos, no contemplan nuestras necesidades, me pregunto ¿no somos nosotres, esa institución, ese Estado?

¿Cuán real es la maquinaria, una maquinaria “estatal”, “genocida”, “opresora”? Si existe, como me dirán, y acuerdo (pero sin dejar el pensamiento del rectángulo en mi cabeza) ¿qué la sostiene? ¿La hegemonía, el poder, el capitalismo, la necedad, la heterocisnormatividad, el fundamentalismo, la soberbia, el odio, la fobia, la normalización, la comodidad, los extremos, los binomios, la teoría occidental (moderna), el creacionismo, los ismos?

¿Quién tiene la última palabra en tema de derechos? ¿Para qué nos sirven las leyes, las normas? ¿Quiénes y cómo acceden a las bancas del congreso?

¿Quién habilita la palabra y cómo?

La escuela tiene la responsabilidad de proponer experiencias diferentes de los recorridos extraescolares, mostrar facetas ocultas y habilitar nuevas interpretaciones de la realidad.  Puede ayudar a superar las memorias parciales y las geografías sectoriales, abriendo horizontes que el entorno cultural de cada une ha tendido a cerrar. Eso permite confrontar posiciones y marcos explicativos frente a los hechos. Del mismo modo, pensar en el aula ofrece oportunidades para valorar. Frente a una enseñanza moralizante que suele consistir en dar conclusiones predigeridas y evitar que los estudiantes enuncien sus apreciaciones, se trata de afrontar el desafío de dar a valorar, generando un espacio para construir juicios de valor. Enseñar en y para la ciudadanía significa habilitar al sujeto político que cada estudiante ya es para que tome posición frente al mundo y proyecte los modos de transformarlo y transformarse en él. Una educación ciudadana de carácter emancipatorio, autogestionado incluye la crítica y el cuestionamiento, la construcción argumentativa de horizontes hacia los cuales avanzar y el ensayo de criterios y mecanismos para la marcha. Pero para establecer esos mecanismos tenemos que acostumbrarnos a pensar en base a problemas. Si no hay un problema, no merece las ganas de pensar y emitir un juicio de valor para elegir la mejor opción para resolverlo.

Sino, si el pensar lo utilizamos para solamente elaborar teorías, sistemas filosóficos que quieran dar cuenta de la explicación del funcionamiento del mundo, no hacemos más que caer en solipsismos mentales inútiles. Se vuelve una práctica moralizante entonces automáticamente para mí.

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Porque pensando en el concepto de “perspectiva antropológica” en el ejemplo que se dio ayer sobre la película de El Etnógrafo de Ulises Rosell del 2012, y lo que se habló (Oprea, Curiel, Oyewumi, etc) refleja esa película para mí el tema de la Pluriculturalidad, la elaboración de teoría y pensar en teorías queer…

¿Qué se cuestionó sobre la película? Si estaba bien que el tipo (etnógrafo) blanco, varón, clase acomodada, culto siga reproduciendo prácticas “patriarcales” de casarse con una mujer menor de edad, por ejemplo. Y de apoyar a un líder político de la comunidad wichi patriarcal que oprime a las mujeres.

Pero pienso jugando con el ejemplo, hasta ¿qué punto podemos pedirle a este etnógrafo que se salga de su rectángulo, que no sabemos si lo tiene consciente en principio, no sabemos si se conoce en sus privilegios, y que al mismo modo o parecido diría como hace Alexandra Oprea en “La nueva concepción de la justicia social desde la base: La inclusión de las experiencias de las mujeres romaníes” busca alianzas, en el caso de la película con un líder wichi patriarcal.

Sería distinta la historia si hubiera sido una etnógrafa y se casara con el patriarca wichi y eso influyera en que la comunidad wichi pensara en una agenda de género de la comunidad? O la etnógrafa lo hubiera matado al patriarca wichi porque la hubiera violado? O el etnógrafo se hubiera enamorado del patriarca wichi… (o no sé, no se me ocurren más universos paralelos)

¿Sin atropellar su libertad? Respetar los derechos humanos…

Sin ansias de defender los privilegios del etnógrafo, lo que trato de hacer visible es la libertad de cada persona…

En primera instancia, ¿Cuál cultura es más válida? ¿La wichi (aunque sea patriarcal) o la occidental? ¿Y que piense en la libertad de la mujer como prioridad fundamental para la agenda política? ¿Pero puede la occidental ejercer su “supremacía” de medir toda cultura, toda realidad desde su rectángulo?

Si este tipo (etnógrafo) con ansias de investigar en la comunidad, ser un agente de la ciencia “objetivo” se termina vinculando con la comunidad al punto de incorporar sus costumbres wichi patriarcales a las cotidianas provocando una nueva práctica híbrida si se puede pensar entre su cultura anglosajona y la wichi, no estaría habilitando una nueva configuración? Sin entrar en detalles del como, que ya entendimos que es heteronormativo y patriarcal.

Dice la introducción del texto de Oprea: (…) Se hace hincapié en que los análisis de los problemas sociales deben realizarse de abajo hacia arriba, mirando las experiencias de los que son multi-cargados, tales como las mujeres romaníes pobres (el caso de Oprea). El documento concluye con una discusión del valor de reconocer privilegio como la base para la beca inclusiva y el discurso. (…) el “desde abajo”.

El texto con el caso de la mujer romaní activista y academicista nos abre la mirada a la problemática y disyuntiva entre entender que si abordamos las problemáticas y las necesidades diarias del activismo, tenemos que tratar de ver siempre el acceso (cultural, económico, jurídico) y lugar (clase, jerarquía) que ocupa la minoría frente a éstas.

¿Se puede ser “cis” y hablar de las problemáticas “trans”? ¿Siendo cis tener una hije, una pareja, une hermane, une xadre trans me habilita? ¿Se puede elaborar teorías sobre las experiencias que se conocen? ¿Se necesitan alianzas? ¿De qué tipo?

Que casi siempre quedamos fuera de la política las personas (que “luchamos”, activamos por hacer visible las temáticas de la minoría, y entiéndase mostrar el problema, no las soluciones, porque no podemos saberlo sin hablar con las personas que lo padecemos en primera instancia y en segunda porque evidentemente no existen siquiera todavía las soluciones, por lo cual hay que dialogarlo mucho) por raza, género o clase (racismo, sexismo y pobreza).

Otra vez, vuelvo con el tema, de quién y cómo se habilitan espacios para que se hable del tema “romaní”, lo puede alcanzar Oprea, porque accede a una educación de grado y milita logrando un espacio en la mesa de debate de la comunidad? Cómo logra esos accesos? Como ocupa un lugar diferente a otra mujer romaní que se queda en la cocina preparando el ágape para que las personas de la mesa disfruten su comidilla en el receso de la discusión?

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Otro tema que se me presenta es el de la “nacionalidad” como categoría de pertenencia a una comunidad. Se hablaba también del dilema a veces de tener que elegir entre dos “males, menores” entre ser mujer o ser romaní. ¿A qué le doy prioridad? No puedo ser romaní y hacer visible las problemáticas de opresión que viven las mujeres romaníes, porque no estoy pensando en la mirada global del pueblo romaní, que necesita otra agenda política, no ocuparse de las minorías de las problemáticas de las mujeres.

Ahí se me aparece une dirigente polítique luchadore por la justicia social por ejemplo, mujer, blanca, académica, acomodada, que una vez dijo en una reunión verde y violeta “yo en lo personal lxs acompaño, pero desde lo institucional no puedo”. Y ahora está saludando al sumo pontífice in situ. ¿Será que tuvo que elegir entre ser mujer o ser dirigente político?

Entiendo cuando algunas personas dicen mi lugar de resistencia es el ostracismo.

Si la identidad no existe tan sólo como etiqueta política, ¿Existe una performatividad contínua del ser? Y en ese caso, ¿Qué elijo performativear en mi vida?

¿Existe la interseccionalidad queer (cuir)? ¿Ficción o práctica?

¿Cuánto de estos desafíos se ha ido instalando en la experiencia concreta de las aulas?

#hablemosdeheterocisnormatividadobligatoria

#hablemosdemasculinidades

#Sigamos sosteniendo la ESI

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