16 diciembre, 2018

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24 septiembre, 2018

Mi verdadero Yo

Por Azul Verzura

Me tomó mucho tiempo entender al feminismo dentro del hacer. Es decir, en elecciones, más que nada. Me tomó tiempo porque me llevó trabajo. Junto con ese trabajo, tiempo. Y con ese tiempo, lágrimas. Con las lágrimas, la confusión. Y con la confusión, un paradigma nuevo.

¿Dónde está mi goce? Sé que lo moví, lo re-direccioné. Lo reconocí, principalmente. Pero siempre derrapé.

¿Dónde está el premio de mi angustia existencial? Digo, de haber salido de ella. Viva.

¿Dónde está la libertad de mi elección en cada acto de consumo? Comprar, tomar, querer, desear.

¿Cuándo se acaba el cansancio del cuerpo y las tensiones musculares cada vez que me enfrento al sistema?

Para poder crecer, escuché, hay que hacer. Moverse.

Creo, plenamente, que para poder ser más libres dentro de un sistema opresor, hay que entender su lógica. Para ganarle al sistema patriarcal, hay que entender la lógica machista con la que se desarrolla y reproduce. Cuando digo “entender” no me refiero a comprender, sino a calibrar su lógica. Medirla. Anticiparla y cortarla.

Lo que nos enseñan en casa, en el colegio, en el colectivo, etc. tiene una lógica absolutamente patriarcal, en la que los hombres son “caballeros”, fuertes y deseantes. Está clarísimo. Toda la vida elegimos así, de una manera patriarcal. Totalmente contaminados por una lógica toxica, opresora y violenta. Pero, ¿cuándo nos damos cuenta de eso? ¿Cuándo entendemos que nuestro amigo es un macho más porque sigue pensando que su ex es una puta de mierda porque salió con otro después de él? ¿Cuándo nos despertamos que el novio de nuestra amiga no le tiene “desconfianza”, es celoso, violento y la persigue? ¿Cuándo le ponemos el freno a nuestro papá cuando se queda sentado mirando el celular mientras mamá levanta la mesa con nosotras?

El clic es largo y se renueva, se re-encuentra. La sensación de detectar una actitud misógina no cesa. Crece. Persiste. Es como una fuerza pulsional que necesita constantemente ser descargada, de verdad. Porque ya no nos aguantamos más nada.

Justamente por eso, vengo a re-marcar y a poner en palabras esa sensación casi mítica que mi cuerpo –entendiéndolo como un conjunto de millones de cosas- ama sentir. Sentir la libertad y la plenitud de ser feminista, pensar como tal, vivir como tal, actuar como tal.

Desde que el feminismo llegó, me cambió. Sí, como a todxs. Pero me cambió mi mirada, mi tacto. Cambió mi estructura, mi manera de caminar, vestirme, comer, bailar,  de reír. Llegó para hacerme más feliz. Para hacernos más felices. Entiendo que todo cambio genera sentimientos dolorosos, pero ¿alguna vez nos detuvimos a pensar cuan magnífico fue la llegada del movimiento feminista a nuestra vida?

Ilustración: Gorda Miami

Ser feminista y haber asimilado todo lo que nos enseña día a día es mirarse al espejo, reírse quizás. Es entender que si tuviste algún desorden alimenticio, poder ponerlo en palabras, entenderlo y, claramente, jamás volver a reproducirlo. Es sentarte en la cama desnuda al lado de alguien, sabiendo que antes necesitabas vestirte. Es mandar un mensaje y festejar con amigas por arriesgarte en vez de quedarte esperando, como nos enseñaron.  Es cortarle el chorro a ese pibe que “te gusta” pero sabes que curra con el amor libre. Es caminar con fuerza. Es sentirte plena. Pintarte los labios o despintártelos. Es decidir, arder. Es cortar un rostro, irte de la casa de un flaco o discutir con tu mamá. Es rebelión. Es color. Brillo, música, baile, sensualidad, deseo, bisexualidad, goce, lucha. Realmente, es todo lo que nutre. Todo lo que me genera fervor.

Somos como una pava que no para de hervir agua. Entiendo que este análisis sea bastante narcisista pero creo que es nuestro momento de serlo. Jamás nos sentimos nada. Nos sacaron el amor propio y este movimiento nos lo devolvió ¿realmente creen que se agotará esta energía en el aire o en las mujeres, travestis o trans? La respuesta es no. No se acaba, nosotres no paramos.

Hallarse en el auge de la ola femininja es un viaje en el cual, no solamente generas vínculos que jamás hubieses imaginado, sino que también rompes otros que tenías en una mochila con 4 kilos de piedra más. Renovar.

Acostarse con un compañere que entiende ese proceso propio y ajeno, no tiene comparación ni medición. Mirarse a los ojos, desnudes, donde la admiración, el miedo, el amor, el sexo y la confusión son una masa de energía que se intercambia en el aire y te hace sentir bien. Donde no es un riesgo tocarse ni darse un beso en la frente. El feminismo me dio encuentros libres, mágicos, verdaderos y honestos. Los besos tienen libertad, carga, tensión, placer. Por lo menos yo, en cada elección, siembro militancia feminista. Digo lo que pienso, uso lo que quiero, siento lo que sale y hago lo que surge. Acostarse y que la tranquilidad invada desde las piernas hasta lo más profundo de mis pensamiento. Me acuesto y estoy liberándome.

Los vínculos feministas, digo feministas en cuanto a su producción de amor, reproducción del mismo y vivencias cotidianas,  tienen ese plus sano que no garantiza un final (si es que lo hay) feliz. Eso no lo garantiza nada ni nadie. Pero tiene autenticidad. Y dudo que exista algo más maravilloso que pensarse y vivir con gente que reflexiona, siente, habla, llora, se ríe y se enoja con la misma intensidad.

Es un desafío sacar lo positivo de una etapa de confusión en la que el sentimiento de cansancio genera un desvalimiento dentro de los vínculos sociales, sexo-afectivos, etc. Es una tarea que solemos correr ya que actuar como feminista dentro de una sociedad patriarcalizada –por más que esté en de-construcción y cuestionamiento- que nos internalizó maneras de generar y mantener vínculos. Es difícil porque estás en otra sintonía. Muches lo estamos. Asimétricas al sistema más opresor, es decir, donde hay que estar. Y como este tipo de asimetría, de nuestro lado es aceptable porque no vamos a ceder, habrá que valorar los espacios donde somos asimetriques. Con esa o esas personas donde cada conversación es un recorrido desconocido, nuevo, raro, es donde aprendemos a vivir al feminismo. En cómo elegir con quién conversar, debatir o desvestirse.

Hoy, te digo que sé con quién bailar (en el caso de que quiera bailar con alguien). Aprendí a saber dónde tocar, donde desnudarme, donde bañarme con los ojos cerrados mientras el agua de la ducha me golpea la espalda y siento cada gota recorrer todo el cuerpo. Ahora que sí sé, elijo. Me relajé.

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