18 enero, 2019

Revista feminista y popular

Opinión

1 septiembre, 2018

Donde duele

Por Azul Verzura

La diferencia abismal entre saber y hacer. El hacer es, vale la redundancia, la práctica más difícil. Hacer es renuncia, es donde encontramos las fallas y contradicciones de nuestra militancia. Entendiendo militancia como cualquier accionar que promueva, salga a la calle, se publique o discuta

La práctica es la tarea donde más de une encuentra sentimientos que se prefieren evitar. Donde nace la frustración y el miedo, la confusión, el dolor, los males entendidos. La primavera feminista florece en todos los ámbitos. No descansa. Y les feministas tampoco. Estamos en ese ritmo incesante y paradigmático donde la teoría es la herramienta más válida para encontrar buracos en los vínculos, tratos y decisiones constituidas; que a su vez no deja de ser teoría. Y con la teoría tenemos la mitad del trabajo revolucionario de hacer entender que no hay nada más sano que un sistema feminista.

Entonces, ¿Qué hacemos cuando buscamos solución a eso que nos desestabiliza, quiebra o duele? ¿Se lo identifica pero duele salir de ahí? Perdón. Corrijo. ¿Por qué duele salir de ahí? Y agrego, ¿Qué es lo que duele?

Cuando ingresas en el feminismo como sujeto activo, ingresas a la etapa larga y rizomática de de-construcción de absolutamente todo. Donde pensas, cuestionas y debatís. Cada frase te hace ruido y hasta te preocupas si realmente no estás exagerando con este temita. Pero no, estás bien. Un sistema constituido social, económica e históricamente tiene como objetivo eso, que una vez instituido, no se cuestione, sino se destruye todo; y como el jenga, no hay vuelta atrás. Se cae si le sacas la ficha.

Quizás hace tiempo atrás ser feminista era un gran drama. No querías ni discutir porque sabias que era un fusilamiento autoproclamado. Sabías que te iban a matar con toda. Y mira que vos no te quedabas callade, pero por dentro sospechabas que quizás tu lucha quede devastada, que ibas a perder.

Pero ¿a quién le gusta el sentimiento de angustia?

A nadie. A nadie le gusta meterse donde sabe  que en ése lugar, el sistema que reina, le va a lastimar.  Que quizás te destruyan de tal manera que ni ganas de volverte a parar. Para eso llego la primavera feminista. Llegó el lenguaje para nombrar ese sentimiento cautivo dentro de cada une para generar una identificación tal, que todo el sentimiento de pérdida, culpa, impotencia, logró sentirse contenido dentro de flores que no paran de nacer cerca. El sentimiento de culpa (del goce, el deseo, la satisfacción)  que nos gobernó la vida misma desde los origines judío-cristianos en el que instauraron una manera de ver el deseo casi de forma criminal, es decir, que genera condena, exclusión, odio y marginalidad.  Y el deseo de discutir –siendo mujer, travesti o trans- siempre estuvo presente pero sabíamos que corría en riesgo la vida. Ya sea el trabajo, un puesto, o su lugar. Ni hablar del deseo sexual que jamás se nombró. Y digo nombró porque es el lenguaje el que estructura, condiciona, excluye e incluye.

Si no existe la palabra, no se sabe qué es algo en sí.   El lenguaje, como dije antes, será el poder más inmenso, y genera confusión que la gente lo entienda por fuera de su creación y, por lo tanto, evolución del mjsmoZ  Creen que se gestó solo. Pero la palabra “boludo” no siempre apareció en el diccionario de la RAE. Ésa gente, a su vez víctima de un sistema que le hace creer que no es  dueña de algo producido por ésa misma, es la más peligrosa. Es la que no  comprende ni cree su capacidad de de-construcción dentro de un sistema que evoluciona, constantemente a decir verdad.

Lo que no se nombra y no se ve. Pero se tiene.

Clítoris. Clítoris como el elemento secreto y cuasi fóbico que no se sabe mucho pero es esencial. No es casualidad. Tampoco lo es que dentro de la educación sexual, el porno, las charlas, jamás se incluye. Por lo tanto, reitero, en la práctica sexual menos. Gran ejemplo de muchos. Como el consentimiento.

El acto sexual se modificó. Tenemos bien claro –algunes- que el porno fomenta un modelo sexo patriarcal y capitalista donde nuestro placer, goce y/o consentimiento no tiene voz ni voto. El porno, por lo tanto, es una réplica del sexo que los tipos llevarán a la acción real, ya que es su primer acercamiento con el mundo de la pubertad, y la adolescencia. Por eso es que hay que tener cuidado con quién dormimos –si es que se quedan o nos quedamos a dormir- o con quién cogemos.

Darse cuenta que te encontraste con ése tipo que pensaste que podías llegar a tener la posibilidad de generar una relación afectiva y/o sexual sana- es decir, antipatriacal y real por fuera del modelo sexo pornográfico- , y es el primero que te corta la libertad, duele. Ahí es donde duele. Donde estás metida. Porque te gustó antes de saberlo, te endulzó, pero te encadenó. Varios tipos de vínculos previos a la feminización de las relaciones interindividuales generan dolor ante el despertar de que quizás exista la posibilidad de estar dentro de un círculo vicioso esclavizador. Identificarlo es complicado. Es replantearse todo. Hacer memoria de cada comentario dicho y hecho. Que se te haga un nudo en la garganta porque las personas que te acompañaron a lo largo de tu vida están del otro lado de la mecha. Están lejos.

¿Duele?

Sí. Duele salir de ese círculo vicioso patriarcalizado que no fue menos que el modelo principal de tu construcción de vínculos posteriores, sino que es lo más viejo que tenes. El poder salir de ahí sin tener la necesidad y obligación de querer “cambiar” a las personas que se entiendan parte de ese mismo círculo, es una tarea difícil y de todos los días.

Qué difícil también reconocer que aceptaste eso. Y ahí nace de nuevo el sentimiento del Opus Dei de culpa. Ese sentimiento que te carcome la cabeza en cada accionar hasta que “decidís” entenderte como víctima principal de un sistema que nos creó para eso. Para tener agachada la cabeza y no generar “disturbios”.

Pero exactamente ¿qué es lo que duele?

Además de darte cuenta que te rodeas de gente vetusta, o de que el pibe que te gusta será el estereotipo vivo en carne y hueso del sistema opresor más grande; lo que duele es salir del molde. Correrse. Cortar. Irse y saber que no hay retorno. Estar sola –porque todavía no entendemos, algunas, la magnitud social y sorora del movimiento popular feminista-. Probar cosas nuevas. Dejar los vínculos por los años vividos y empezarlo por lo sano.

¿Cómo si lo nuevo sería un peligro y lo antiguo lo valioso?

Sabemos muy bien que hasta lo antiguo puede ser más que un palo en la rueda del progreso como persona. Duele tomar la decisión. Duele pensarse dentro de un sistema diferente, con normas diferentes, sentimientos diferentes, nuevas formas de relacionarse, de besarse, de tocarse, de estudiarse, de todo. Duele lo nuevo, pero más duele que te quiten a libertad de ser probarlo –porque una vez adentro, no se vuelve más-.

Indiscutiblemente el sentimiento de confusión nos atormenta. Nos envuelve los vínculos. Aunque todavía no le doy una connotación negativa a esa confusión, tengo que hacer notar que me genera sentimientos encontrados a la hora de tomar una decisión. La decisión de salir donde duele. Entiendo que nuestra situación económica como país tampoco permite que nuestras libertades reinen y nuestros ideales sean la bandera que podamos levantar todos los días.

A ver si me explico: duele trabajar con un jefe que quiere que salgas y entres de su oficina para hacerte una radiografía sexista. Duele querer a un flaco que tiene un “amor” tan capitalista que te hace creer que sos parte de él en vez de poder explicarte que sólo busca su falo-bienestar. Duele compartir cena con amigas que le dicen “puta” a otra. Duele una mamá que te acusa de “trola” por empezar a salir con más de uno. Duele saber que tus amigos le dicen “gorda” despectivamente a una piba con un cuerpo real.

Y como duele todo eso, lo podes transformar. Lo podes patear. Correr o apartar. Lo podes hacer. Podes hacer lo que queres porque nos tenemos.

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