24 abril, 2019

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Relatos

18 julio, 2018

Cuerpos disidentes: la contracara

Por Débora Cabrera

Hoy voy a escribir sobre los cuerpos disidentes, sobre lo que implica la valentía de saberse a contracorriente de la tan deseada norma. Además, sobre lo que sentimos quienes somos escupidos o mirados de reojo por la belleza hegemónica. Me refiero a ella como figura, no como las personas maniquíes que son su materialización, no se trata de odiar a quienes lo son, por favor, eso jamás. A quien sí le deseamos una pronta muerte es a esa idea de lo visual como el todo, de lo raquítico como salud o de lo generoso como no deseado.

Hoy voy a escribir sobre MI cuerpo disidente, sobre lo que implica la valentía de saberme a contracorriente de la tan deseada norma. Sobre lo que siento cuando veo todos los cuerpos expuestos en instagram y me reconozco en las antípodas de esa lluvia de likes pajeros. Algunos podrán decirme que eso no es todo o que soy hermosa “así”.

Elisa, con quien vengo trabajando esto hace bastante, me dice que lo bello es el estilo y reflejar una imagen armoniosa cosa que ella ve en mí. Pero yo no me siento así y reivindico el derecho a no sentirme así. Sé bien quién soy pero también sé lo que no soy. El espejo, está claro, no me devuelve lo que a mí me gustaría. Y eso es mucho más complejo y menos superficial de lo que parece. Puedo analizar, comprender, cuestionar o ampliar de taquito todas las teorías con las que me quieran tirar por la cabeza pero no voy a dejar de percibirme así.

Alguien quizás sugiera que haga dieta y listo (solución no novedosa teniendo en cuenta que ya se me ha ocurrido -como a todas las personas que no se sienten cómodas con su peso-). Es verdad, sería cuestión de largar la birra y las papas de la tarde con amigas o el delivery por las noches cuando no hay ganas de cocinar o las galletitas con mate que auxilian a la mañana entre risas de oficina.

Pero el hecho es que estamos todxs mediados por vivencias cotidianas y casi imperceptibles que nos hacen aborrecernos y no desempolvar nunca el concepto de salud. Sólo podemos mirar la teoría políticamente correcta que nos dice “que nos aceptemos como somos” desde el agujero de una cerradura: en la práctica no existe.

¿Hasta dónde esta incomodidad con mi cuerpo es propia?
Mi cuerpo me pertenece; lo que yo pienso de él, no.

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