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8 mayo, 2018

EL AMOR NO DUELE

Por Yanina Garin

Al principio no existe espacio para el dolor, todo es mágico: cómo se dan las cosas, que se haya enamorado de vos, que quieran tener un hijx que los una para siempre en un sentirse creciendo (que parece) interminable. Pero en algún momento, sin saber como llegaste hasta ahí, te encontrás llorando, desahuciada, con una angustia inagotable que no entendés de donde proviene. Ni siquiera sabes a quien pedirle ayuda, porque todavía no entendés que es lo que te pasa.

Un tiempo más tarde ya podes anticipar el olor a mocos y llanto que nace desde el profundo punzón de un vacío en el estómago y se eleva hasta el nudo en la garganta que te impide respirar. Te sentís sola, indefensa, pero por sobre todo culpable. Harías cualquier cosa para que te perdone. Mientras tanto, él duerme y vos padeces el insomnio con los ojos inyectados en lágrimas silenciosas. Empezás a relatar en tu cabeza la conversación que van a tener cuando se levante, crees fehacientemente que te va a dejar porque sos una persona difícil de querer (una mierda). Estás esperando que sea el día siguiente para abrazarlo y pedirle disculpas. La ansiedad no te deja dormir, él ronca, vos te levantas de la cama mil veces. Decidís fumar para calmarte un poco y es entonces cuando comienza la paranoia que desemboca en una sensación agobiante de frustración. Te sentís una fracasada: otra vez lo arruiné todo. Le mandas un mensaje a una amiga deseando que esté despierta. Le contas todo mezclado y justificás la actitud del tipo que se duerme cada noche haciéndote sentir mal. Ella te calma, como siempre. Pero eso no te conforma, te seguís sintiendo rara. Solo querés que todo este cúmulo del horror se detenga por un ratito. Se te parte la cabeza de llorar, de hambre, de alcohol.

En determinado momento logras quedarte dormida en el borde de la cama hecha bolita, con el ceño algo fruncido a punto de caerte al suelo. Como si esa cama de a dos no hiciera más que desplazarte.
Da la casualidad que cuando por fin lograbas conciliar el sueño, justo llegó la hora en que él se levanta. Te despierta con sus suspiros y refunfuños desde la cocina, no estás segura, pero crees que lo hace adrede. Te levantas demacrada, encaras para el baño con los ojos casi pegados porque la luz te desgarra las pupilas si los abrís un poco más. El comienza el día con un reclamo:
¿No me vas a saludar?

Con la voz ronca y los ojitos chinos contentas ‘Hola’ y vas directo a abrazarlo. Notas que en su cuerpo todavía está presente el enojo de ayer. Por las dudas y para que no crea que la cara se te cae por él, le avisas que no dormiste nada.
Él te dice que tampoco durmió bien. Pero sabes que es mentira. Aún no sabes cómo va a terminar la discusión que se avecina, pero esperas que no haya demasiados gritos porque la resaca te taladra la cabeza. No te acordás muy bien lo que pasó, ni si quiera sabes si tenés que perdonar o ser perdonada. Ya no importa tanto, solo querés que te dé un abrazo y olvidarte de lo que pasó. Pero eso no va a pasar, porque hace rato que no hay tiempo para el amor -si alguna vez lo hubo- y la película no va a dejar de repetirse. Por lo pronto, cada vez que veas el final te va a destrozar un poquito más hondo en el corazón. Y aunque esta vez puedas verla sin taparte los ojos, sabés que por dentro se está mueriendo todo lo que fuiste. Cuesta, duele saberse presa de un vínculo que te disminuye lentamente los pasos, la risa, la libertad. Pero el amor no duele compañera y nunca es tarde para sanar.

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