16 septiembre, 2019

Revista feminista y popular

Notas

9 marzo, 2018

Tu sistema me violenta la inocencia

Por Flore Alarcón

Te propones escribir una crónica que refleje el 8m (Paro Internacional de las mujeres, lesbianas, travestis y transgénero) y la juventud, y también la consignas de los carteles. A mi modo de ver, sería el valor simbólico de esos mensajes plasmados ahí. Por eso quizás, de buenas a primera me propuse encontrar ahí algo “innovador”.

Es así que con esta premisa recorro la marcha, atravieso columnas de chicas, más chicas, mujeres de todas las edades. Identidades femeninas y varones. Sí, varones, esos que estaban excluidos de la marcha. Brotan por muchos espacios. Es decir, están presentes al igual que los 365 días del año o al igual que en la vida de muchas de nosotras.

Es entonces que me remito a observar los carteles, en papel, en maderas, con fibras o lentejuelas, impresos o escritos a mano alzada. Los mensajes son claros.

La lucha o el reclamo feminista carecen de titubeos, solo bastaba mirar a tu alrededor para entender de que se trataba la movilización y cese de tareas en muchos casos.

Alma, de 10 años expone en su cartel: “Feliz día será cuando haya igualdad de derechos”. 10 años y ya sabe lo que es la desigualdad.

Una adolescente de no más de 20 interpela a cualquiera que la observa con: “si miraras por nuestros ojos gritarías igual”, trepada a una valla de un conocido banco de la city porteña.

Sigo recorriendo y todo me interpela, una piba me pide apoyarse sobre mí para poder ver a unas chicas que bailaban. La manifestación concreta de la sororidad. Se ríe y me agradece. Lleva un cartel que simula una nube. Al mostrármelo descubro algo totalmente distinto, es una toalla femenina. La misma expresa una frase que no tiene discusión: “La única sangre que debería correr es la menstrual”, e inmediatamente se me viene la muerte de la piba de Merlo. Asesinada por su novio. Esa sangre no horroriza.

La caminata se dificulta, es una multitud la que se agolpa. Leo carteles. Escucho de todo. Muchas cantan. Otras gritan. El pedido del aborto seguro legal y gratuito es continuo. También veo mujeres bailando. Como también escucho comentarios negativos. Dicen que el feminismo no es alegría. Ni siquiera me puedo detener a disentir. Sigo mi recorrido.

Tengo claro que detrás de cada cartel o cada glitter o purpurina hay una historia. O vidas de mujeres o trans. O sus muertes. Los travesticidios suelen ser escondidos por los grandes medios. La figura de Diana Sacayan está presente. Su travesticio aún esta impune. También se exige justicia. Y la implementación del cupo laboral trans.

Sigo el camino y decido acercarme unas chicas que tendrán al menos 20 años, quizás menos, glitter, purpurina, lentejuelas y en tetas, y una sonrisa que solo te la provoca la sororidad.

De repente se animan a contar todo eso que muchas negamos o quizás obviamos. E incluso lo que pasaste por alto. Mientras las escucho pienso que hace 10 años esto no hubiera pasado.

Son tan claras, en sus relatos me hablan de acoso callejero, de aborto, de femicidio y de los ciclos de violencia.

Apenas rozan los 20 y todas más o menos fueron acosadas. Tienen miedo y se sienten vulnerables. Una de ellas va un poco más allá y me dice con una brutal realidad “hoy estoy acá mañana no sé”. Lamentablemente todas asienten con la cabeza. Reconocen que no pueden circular “solas” por la vida. “No puedo caminar sola, ni yo ni mi hermana de 12 años”. Cualquier parecido con la realidad aterra. No es una sensación. Hablan a borbotones.  Hoy se reconocen libres en tetas. Despojadas de todo. Disfrutando. Y sintiéndose acompañadas. Empoderadas. Hoy es nuestro día. Y para muchas de ellas es su primer día de la mujer en las calles.

La mayor tiene apenas 22 y, obvio me imagino a mis 22. Y dentro de mí las admiro. Ella se mantuvo un tanto distante y silenciosa. Solo se remitió a escuchar. Hasta que explotó: habló de su ciclo de violencia, de su tristeza, de su bronca y de su aborto. Ese aborto que hace dos semanas le costó 35.000 pesos. Ese que se reclama en los carteles que me cansé de leer. Habló de su aborto, de su dolor. Y de sus ganas de estar ahí. Casi lo gritó: “Hoy estoy viva acá, no quiero que ninguna piba pase lo que a mí me paso”. “Yo le creí”. Algo que a todas alguna vez nos pasó. Creímos en alguien.  Y en silencio lloramos con ella. Hablamos de la inseguridad de los cuerpos, de los métodos anticonceptivos y de la prevención. Esa que falta. Y tanto falta. La no vigencia de la ley de ESI (Educación sexual integral) también nos vuelve más vulnerable a todxs.

Mucho se habla de feminismo y de sororidad. Eso que parece algo intangible. Y ahí entre lágrimas y confesiones, se dio. Esas pibas sostenidas entre risas y purpurinas me confesaron que hace más de 3 años no se veían. Se encontraron ahí entre las 800 mil. Muchas de estas historias nos unen a más de las 800 mil que estuvimos allí. Si no te conmueve, revisate. O revisa el sistema, ese que hace perder a más de unx la inocencia.

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