23 marzo, 2019

Revista feminista y popular

Relatos

23 octubre, 2017

“Estaban tan ocupados en ellos, que el otro no importa”

Por Valentina Cabrera

Hace unas horas los segundos fueron eso, Horas. Cuando la vida te muestra la muerte de cerca, un soplo del tiempo se hace eterno, y en un minuto pasan muchas cosas. Tomé a mi pequeña Lucía y cruce la calle como siempre, para ir a comprar, como siempre en el supermercado que está justo al frente. Me caí. Nos caímos en medio de la calle, en el asfalto duro de minúsculas grietas que se clavan como estacas pequeñitas en la piel y raspan. Cómo me caí? Porqué? Hoy, justo hoy olvidé que entre ambas avenidas hay un muro pequeño con unos tornillos o tacos o no sé qué son, pero sobresalen a penitas del muro. Con mi pequeña en brazos crucé, topé con una de esas trampas para peatones y cai, caí, caí, con mi bebé en brazos en medio de esa calle que los insensatos conductores tienen como autopista y su velocidad sin freno es una alarma constante. Cuando  volteo, aturdida, viendo la cabeza de mi pequeña que rebotó apenas por qué metí mi codo y mi alma para atajarla, veo un carro que viene sin importarle que dos personas estaban tiradas en el medio de la calle. No freno. Cómo pude, me pare, sin sentir mis propias piernas. El carro nunca freno. Al frente, justo al frente, un hombre bajaba mercadería para el supermercado, NUNCA  me auxilio, como el carro NUNCA se detuvo. Con mi hija llorando y angustiada más por mí, que por ella. Le pedí ayuda aquel hombre que m ignoraba. Solo le pedí que pasará la calle, tocara la puerta de mi casa y le dijera a mi esposo que nos caímos. Yo tenía la tensión baja, cómo soy hipertensa sabía que estaba a punto de desmayarme, y resistí por Lucía. Tuve que convencer al hombre, quién viendo el estado en el que estaba me dijo que si no podía cruzar la calle. Molesto cruzó y con molestia tocó la puerta de la casa y le dijo a mi esposo que saliera. NUNCA ayudo a mi compañero a traernos a casa. Nada, nadie se inmutó. Me duelen las rodillas, los huesos, los raspones arden a carne viva. Me duele hasta el vientre de la caída. La espalda de la tensión de aguantar los 16 kilos de mi hija para que sufriera. Pero lo que me hace un hueco en el alma es que pudo a ver sido peor y los que estaban allí ni se molestaron en cambiar la historia. Estamos tan acostumbrados a la violencia que un grito de auxilio no se escucha entre tanto odio. Esta es mi vivencia, la caída de una madre que pidió ayuda y NADIE, NADIE escuchó. Estaban tan ocupados en ellos, que el otro no importa.

Comentarios