17 julio, 2019

Revista feminista y popular

Notas

11 octubre, 2017

“Yo estoy mal porque vos ahora te podés morir”

Por Dolores San Pelegrini

“Yo miré a la chica y tenía una bolsa de hacer las compras, como la bolsa que te dan cuando comprás el pan. Tenía una bolsa así, y se ve que ahí tiró los restos”. Esa bolsa a Rocío le quedó tatuada. Ella realmente se podía morir en aquella casa precaria, y en esa camilla inhóspita. El papá, lleno de miedo, le expresó su dolor: “Yo estoy mal  porque vos ahora te podés morir”. Rocío y sus veinte años, caminaron hacia una pieza desconocida y oscura. Entraron.

Y llegó a esos duplex. Y entre la pieza, resaltaba la ausencia del Estado. “Todo el tiempo me repetían que al hospital no vaya, que al hospital no tenía que ir”, comentó Rocío. Y ahí estaba, en un lugar completamente extraño. Sola y sin nada que le pudiera asegurar que no se agarraría alguna infección. “No existía nada que me demostrara que no me podía llegar a morir”, admitió.

“Me medicaron y empecé a sentir fuego en todo el cuerpo. Me faltaba el aire. Sentía que el corazón me latía a mil por hora y yo pensaba: Me muero acá”. Y Rocío sabía que no iba a poder ir al hospital después, corría el riesgo de que se enterasen. Sí, que una chica del barrio estaba arriesgando su vida por no sentirse preparada para ser madre. Y para colmo, después de aquel aborto, las mujeres le pidieron que se quedase sentada un rato ¡No vaya a ser que se enterasen los vecinos! Mientras su papá la esperaba cruzando la vereda, fiel como siempre.

Hace dos años atrás Rocío se enteró que estaba embarazada ¿El padre? El chico con el que estaba saliendo hace bastante tiempo. En su casa no había nadie, y tuvo que enfrentar sola la incertidumbre del resultado del Evatest. Que ni terminó de apoyarlo en la mesa, y ahí se asomaban las dos rayitas. “¡Se me vino el mundo abajo! No sabía qué hacer, con quién hablar, y además era muy piba”, expresó Rocío.

Entre el llanto y la desolación llamó a su pareja. Él dijo que más tarde hablaban porque estaba ocupado en ese momento. “No contaba con el apoyo de Cristián. Él no lo quería tener, y yo sentí que me dejó sola”, confesó. Hasta que la angustia la hizo hablar, y la mamá la felicitó. Pero Rocío no se sentía preparada para traer un hijo al mundo. Aún no había terminado el secundario, ni siquiera trabajaba, y “un hijo… ¿para hacerlo sufrir?”.

“Nadie pensaba en qué me pasaba a mí por dentro”, sintetizó su sensación Rocío. Una mezcla entre soledad y miedo, con olor a ilegal y a prejuicio social. El papá tenía una conocida que hacía abortos clandestinos, y comprendió a su hija. Le fue incondicional según ella. Por otro lado, la mamá y su hermano tenían en la cabeza la idea de que no podía “sacarse al hijo”.

Aún retumban en Rocío las voces de aquellas mujeres: “Listo, ya está. Ponete una bombacha, una toallita y vestite”. Ella se sentía mareada, pero no podía correr a abrazar a su papá. Tenía que mostrarse tranquila, como si nada estuviese pasando. Por más mareos o incertidumbre, ya había pasado lo peor.

Y en las antípodas, descansando en la misma ilegalidad, hay chicas como Rocío que por ser más adineradas pueden atravesar su decisión de una manera más segura. Pero hay otras que no tienen suerte, y no tienen la plata necesaria para abortar. Para tomar una decisión por sí mismas. “En cambio yo como muchas tuve que ir a una casa humilde, a un lugar en dónde no sabía si me podía agarrar una infección o si me podía morir desangrada”, confesó Rocío.

La mamá la dejó sola cuando tomó la decisión. Su hermano la acusó de matar a su propio hijo. El Estado la señaló de ilegal y asesina. “Yo prefería hacer eso, a traer un chico al mundo para que sufra. Eso es más malo que abortar cuando no estás preparada”, concluyó Rocío.

Comentarios