23 marzo, 2019

Revista feminista y popular

Entrevistas

1 septiembre, 2017

UN PREPARTO CON MÚSICA, LIBERTAD, EMPATIA

Por Sol Casella

Nelson Salas es estudiante de Enfermería en la Universidad Nacional de Lanús. En 2014 le tocó llegar al Hospital Evita de Lanús por primera vez. Y justo en ese entonces, se hizo difícil lidiar con un sistema de salud que falla en el sector de “enfermería como de obstetricia”. Porque fue ahí que presenció su primer parto y le asombró – y dolió – ver que “había un dejo con el paciente”. Violencia obstétrica, dicen por ahí.

En los manuales de Enfermería todo es “ideal”. En el contacto con la realidad, Salas palpó la violencia obstétrica desde el comienzo. Mamás “tiradas en una cama” a horas de parir, la falta de una palabra que transmitiera empatía o un “trato adecuado”, mujeres a las que “sólo a veces les daban apósitos nuevos para que se cambien por si tenían pérdidas”, pero si estas existían, “que se arreglen solas”.

“Cada parto para cada mujer es diferente” lo difícil es cuando quieren lograr que todos los partos sean “mecanizados” y parte de un “trámite, como si fueras a sacar turno al Anses”, afirma con bronca Salas. Le asombró ver a una obstetra de años “forzar y presionar” a una adolescente a punto de parir cuando la primera oración fue “¡dale que en media hora ya lo sacamos esto!”. Quince minutos después, el parto estuvo consumado. Recuerda que a la mamá le gritaron “dale, no seas maricona, ¡puja!” y otras frases que transcribir sería tildado de vulgar para muchos.

Pero para él hay un parto que “no se olvida más”: Una mamá de sólo 16 años a punto de dar a luz. Los médicos “insistieron” en un parto natural, motivo por el cual se le realizó una “incisión mala” para lograr el parto por vía vaginal. No se logró. Decidió, entonces, “una practicante” realizar una cesárea, para lo cual “la cosieron así nomás”. Salas aseguró que, ésta vez, “le cortaron de menos” por ende el bebé “no salía”. Otro corte más: “es como si agarraras un paquete para abrirlo que estiras de los dos extremos”. Nelson, con solo su segundo año de enfermería, supo que eso “no se hace”. El parto continuó con cortes “innecesarios” y puntos “mal hechos”, tanto así que al finalizarlo “se dieron cuenta que los puntos quedaron tirantes” nuevamente cortaron y volvieron a coser.

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Para Vanesa Unrein Ríos la suerte, al fin, fue otra: Tiene 22 años y cuatro embarazos en su historia, una que recuerda con ambigüedad. Por un lado, embarazos con violencia obstétrica marcada, en su vida y en la piel. Recuerda que en la Clínica de la Dulce Espera en Sarandí “la ataron de pies y manos” y tuvo que tolerar “chistes” durante el parto: la clínica del “terror”, así la bautizó. Cuando llegó al Hospital Evita en Lanús, con su tercer embarazo, la historia no cambió tanto. Allí, “la tuvieron seis horas en la cama sin moverse” durante la labor de parto y enfatizó que “ni siquiera tomar agua” la dejaron.

Por otro lado, su última experiencia en el Hospital Evita en Lanús, pero esta vez sí cambió la historia. En el último periodo de su cuarto embarazo a Vanesa la comenzó a ver, esporádicamente, Luz, una doctora que “era un amor”. La voz de Unrein Ríos tiene un sonido diferente cuando piensa en su último parto, no se quiebra tanto, ni le cuestan las palabras. El día del parto se encontró con Luz, un análisis de sangre y no se separó de ella hasta que su primera hija nació.

“Hablé desde el pre parto de mis deseos, del contacto con ella, de la mala experiencia del parto anterior allí y fuimos acomodándonos a todo lo que permitían ahí”. A Luz se le sumó Carolina, residente del Hospital Evita, que estuvo “al pie del cañón” para Vanesa, quien distinguió las palabras de aliento por parte de sus doctoras: “fuerza Vane, ¡vos podes!”.

Un pre parto con música, libertad, empatía. Logró “desde caminar, ir al baño, tomar agua, pararse y sentarse”. Un pasillo la separó de la sala de parto. Ingresó, todavía con miedos, de la mano de Luz y Carolina. Otra vez, no escatimaron en palabras de aliento y a Vanesa le “nació pujar” acompañada de su marido que, nunca antes, lo habían dejado presenciar el parto de sus hijos.

Respetaron cada decisión que Vanesa tomó; y lo más importante fue que tuvo “contacto piel a piel” con su hija, como tanto había deseado. En un clima de paz y templo, llegó al mundo con tres kilos Mandira, nunca más acertado con

el significado de su nombre de origen hindú. Y su mamá quedó “chocha” porque, por primera vez, “respetaron lo que quería”.

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