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No queremos ser pueblos fumigados. Hay alternativa: la agroecología.

Por Luisa Magdalena

Daniela Dubois avanza por las calles de San Andrés de Giles, su pueblo. De su pecho cuelga un cartel escrito a mano y con fibrón oscuro que dice “Asma”. Al costado una chica sostiene otro que dice “cáncer”, una señora otro que dice “abortos espontáneos”. Entre diez agarran fuerte una bandera que dice “Fuera Monsanto”.

A las cuatro de la tarde del domingo 20 de agosto en ese pueblo de la provincia de Buenos Aires, cien personas rompen el silencio de la siesta. “Vecina, vecino, no sea indiferente: Monsanto contamina y envenena a nuestra gente”. Una señora aplaude desde el balcón de su casa. Otros se animan a salir a la vereda para ver pasar la columna de manifestantes.

La marcha fue el cierre del 8vo encuentro de Pueblos fumigados de la Provincia de Buenos Aires y el primero de Agroecología. El sábado 19 llegaron al Parque Municipal alrededor de 300 personas de diferentes pueblos y provincias del interior del país. En el gimnasio diez expositores ofrecieron sus productos libres de pesticidas y se armaron cinco comisiones de debates: Legales, agroecología, escuelas rurales, arte y comunicación y salud. Durante todo el día intercambiaron experiencias bajo una misma consigna: la alternativa de cultivos agroecológicos.

Daniela Dubois es miembro del colectivo Ambiente Saludable, un grupo de militantes que se organizaron para concientizar al pueblo del riesgo sanitario que significa el uso de agroquímicos. La lucha de Daniela empezó en 2015 cuando surgió la idea de irse a vivir con unos amigxs en “comunidad”. Tenían un terrero en las afueras de San Andrés de Giles y el sueño de poder comer los vegetales que ellos mismos cultivaban los motivaba. Antes de hacer el primer surco investigaron las condiciones de la tierra, y lo que se enteraron fue como un mazazo: el ambiente estaba contaminado con agrotóxicos.

Lejos de paralizarla ese dato le dio el motivo de su militancia: luchar para liberar a los pueblos de los agroquímicos. Daniela es profesora de 5to año de la escuela Técnica Nº 1. Con sus alumnos desarrollaron, a partir del proyecto SOS ¡FUMIGAN!, una aplicación para los celulares: APP vida. Es una herramienta para reducir los riesgos y las consecuencias del veneno. Los aplicadores de pesticidas avisan dónde, cuándo y con qué van a fumigar, así lxs vecinxs pueden tomar las precauciones necesarias.

Ana Zabaloy es maestra jubilada y forma parte de la Red de Docentes por la Vida. Fue expositora de la comisión de Escuelas rurales. Ella vivió en carne propia los efectos de la fumigación. Los últimos seis años de su carrera como docente fue directora de la escuela rural Nº 11 en San Antonio de Areco. Esa mañana de 2010 Ana hace por primera vez el recorrido que luego repetiría cada día durante tantos años. Unos metros antes de llegar a la escuela  miró al cielo y se dio cuenta que estaban fumigando. Ana quedó paralizada: sentada en su moto vio la cabeza del piloto, se cruzaron miradas y pensó: “si yo lo veo él me ve”. Intentó tranquilizarse “no va a pasar por acá”. Pero pasó. Como si fuese un chorro de soda, Ana quedó empapada en veneno. Aguantó la respiración, entró a la escuela corriendo y fue directo al baño: se sacó el guardapolvo blanco, se lavó la cara, el pelo. Se miró al espejo y supo que vendrían días difíciles.

En junio de 2012, una mañana fría de otoño en la escuela Nº11 se había terminado la garrafa, Como adentro  de la escuela no hay señal, Ana cuenta que salió a llamar por celular para pedir una nueva. Mientras hablaba, aparece un mosquito fumigando con 2,4 D en ese momento corre para adentro pero en esta oportunidad no tiene tanta suerte, al rato empieza a sentir que se le duerme la cara y luego sufre media parálisis facial durante tres semanas. A partir de este episodio la lucha de Ana se intensificó, se dio cuenta que no estaba sola sino que este tipo de situaciones se repetían a lo largo y ancho de la provincia. Es así que junto con vecinxs de la zona entienden la necesidad de conformar un colectivo para seguir tejiendo las redes y así, unidxs, poder luchar contra este fantasma que nos enferma día a día.

De una mochila una de las chicas saca una bolsa con barbijos blancos. Son para que los manifestantes se los pongan para pasar por el hospital. “Compañeros ahora les pedimos silencio, estamos pasando por el hospital”, todxs obedecen. Solo se escuchan los pasos contra el asfalto. Al llegar a la esquina vuelven a prender los megáfonos: “ahora sí compañeros bien fuerte” No queremos ser pueblos fumigados. Hay alternativa: la agroecología.

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