20 septiembre, 2019

Revista feminista y popular

Cultura, Noticias

12 marzo, 2017

El feminismo de Ana Frank

Por Juliana Szerdi

Es admirable la claridad que tuvo Ana Frank para analizar y describir a las personas y las situaciones que ocurrían en el escondite donde vivía, y son particularmente interesantes las cartas de su diario que hablan sobre la sexualidad, el rol de la mujer, el matrimonio, el amor, los órganos genitales.
Ana cuenta que no conoce mucho sobre estos temas porque todxs callaban en vez de responder a sus inquietudes. Incluso se le decía que no pregunte y que se aleje si algún varón estaba hablando de eso.
Los sentimientos que se leen en las cartas de Ana Frank son una muestra de la represión que las instituciones ejercen sobre las personas. Pero también demuestra que las niñas y los niños quieren conocer su cuerpo, entenderlo, quererlo y decidir qué hacer con él. No hay nada de malo, ni oscuro ni avergonzante en el cuerpo de cada unx, y todxs deberíamos de poder hablar con libertad sobre estos temas. También escribe sobre qué mujer quiere ser y hace una crítica al rol que la sociedad le asigna a las mujeres, señalando reiteradamente que “de grande” no quiere ser ama de casa.
Ana tenía 14 y 15 años cuando escribió estas cartas, y en las primeras ediciones del diario fueron omitidos todos los fragmentos donde se hablaba de sexualidad.

FRAGMENTO DE EL DIARIO DE ANA FRANK

Lunes, 24 de enero de 1944

Querida Kitty:

Me ha ocurrido una cosa -aunque en realidad no debería de hablar de «ocurrir»- que me parece muy curiosa.

Antes, en el colegio y en casa, se hablaba de los asuntos se­xuales de manera misteriosa o repulsiva. Las palabras que hacían referencia al sexo se decían en voz baja, y si alguien no estaba enterado de algún asunto, a menudo se reían de él. Esto siempre me ha parecido extraño, y muchas veces me he preguntado por qué estas cosas se comentan susurrando o de modo desagradable. Pero como de todas formas no se podía cambiar nada, yo trataba de hablar lo menos posible al respecto o le pedía información a mis amigas.

Cuando ya estaba enterada de bastantes cosas, mamá una vez me dijo:

-Ana, te voy a dar un consejo. Nunca hables del tema con los chicos y no contestes cuando ellos te hablen de él.

Recuerdo perfectamente cuál fue mi respuesta:

-¡No, claro que no, faltaba más!

Y ahí quedó todo.

Al principio de nuestra estancia en el escondite, papá a me­nudo me contaba cosas que hubiera preferido oír de boca de mamá, y el resto lo supe por los libros o por las conversaciones que oía.

Peter Van Daan nunca fue tan fastidioso en cuanto a estos asuntos como mis compañeros de colegio; al principio quizás al­guna vez, pero nunca para hacerme hablar. La señora nos contó una vez que ella nunca había hablado con Peter sobre esas cosas, y según sabía, su marido tampoco. Al parecer no sabía de qué manera se había informado Peter, ni sobre qué.

Ayer, cuando Margot, Peter y yo estábamos pelando patatas, la conversación derivó sola hacia Moffie.

-Seguimos sin saber de qué sexo es Moffie, ¿no?- pregunté.

-Sí que lo sabemos -contestó Peter-. Es macho.

Me eché a reír.

-Si va a tener cría, ¿cómo puede ser macho?

Peter y Margot también se rieron. Hacía unos dos meses que Peter había comprobado que Moffie no tardaría en tener cría, porque se le estaba hinchando notablemente la panza. Pero la hinchazón resultó ser fruto del gran número de huesecillos que robaba, y las crías no siguieron creciendo, y nacer, menos todavía.

Peter se vio obligado a defenderse de mis acusaciones:

-Tú misma podrás verlo si vienes conmigo. Una vez, cuando estaba jugando con él, vi muy bien que era macho.

No pude contener mi curiosidad y fui con él al almacén. Pero no era la hora de recibir visitas de Moffie, y no se le veía por ninguna parte. Esperamos un rato, nos entró frío y volvimos a subir todas las escaleras.

Un poco más avanzada la tarde, oí que Peter bajaba por segunda vez las escaleras. Me envalentoné para recorrer sola el silencioso edificio y fui a parar al almacén. En la mesa de embalaje estaba Moffie jugando con Peter, que justo lo estaba poniendo en la balanza para controlar su peso.

-¿Hola! ¿Quieres verlo?

Sin mayores preparativos, levantó con destreza al animal, co­giéndolo por las patas y por la cabeza, y manteniéndolo boca arriba comenzó la lección:

-Éste es el genital masculino, éstos son unos pelitos sueltos y ése es el culito.

El gato volvió a darse la vuelta y se quedó apoyado en sus cua­tro patas blancas.

A cualquier otro chico que me hubiera indicado el «genital masculino», no le habría vuelto a dirigir la palabra. Pero Peter siguió hablando como si nada sobre este tema siempre tan delicado, sin ninguna mala intención, y al final me tranquilizó, en el sentido de que a mí también me terminó pareciendo un tema normal. Jugamos con Moffie, nos divertimos, charlamos y final­mente nos encaminamos hacia la puerta del amplio almacén.

-¿Tú viste cómo castraron a Mouschi?

-Sí. Fue muy rápido. Claro que primero lo anestesiaron.

-¿Le quitaron algo?

-No, el veterinario sólo corta el conducto deferente. Por fuera no se ve nada.

Me armé de valor, porque finalmente la conversación no me resultaba tan «normal».

-Peter, lo que llamamos «genitales», también tiene un nom­bre más específico para el macho y para la hembra.

-Sí, ya lo sé.

-El de las hembras se llama vagina, según tengo entendido, y el de los machos ya no me acuerdo.

-Sí.

-En fin -añadí-. Cómo puede uno saber todos estos nombres. Por lo general uno los descubre por casualidad.

-No hace falta. Se lo preguntaré a mis padres. Ellos saben más que yo y tienen más experiencia.

Ya habíamos llegado a la escalera y me callé.

Te aseguro que con una chica jamás hubiera hablado del tema de un modo tan normal. Estoy segura de que mamá nunca se refería a esto cuando me prevenía de los chicos.

Pese a todo, anduve todo el día un tanto desorientada; cada vez que recordaba nuestra conversación, me parecía algo curiosa. Pero hay un aspecto en el que al menos he aprendido algo: también hay jóvenes, y nada menos que del otro sexo, que son capaces de conversar de forma natural y sin hacer bromas pesadas respecto al tema.

¿Le preguntará Peter realmente muchas cosas a sus padres? ¿Será en verdad tal como se mostró ayer? En fin, ¡yo qué sé!

Tu Ana

 

FRAGMENTO SOBRE EL ROL DE LA MUJER

Martes 13 de junio de 1944

(…)

Más de una vez, una de las preguntas que no me deja en paz por dentro es por qué en el pasado, y a menudo aún ahora, los pueblos conceden a la mujer un lugar tan inferior al que ocupa el hombre. Todos dicen que es injusto, pero con eso no me doy por contenta: lo que quisiera conocer e la causa de semejante injusticia.

Es de suponer que el hombre, dada su mayor fuerza física, ha dominado a la mujer desde el principio; el hombre, que tiene ingresos, el hombre, que procrea, el hombre, al que todo le está permitido… Ha sido una gran equivocación por parte de tantas mujeres tolerar, hasta hace poco tiempo, que todo siguiera así sin más, porque cuantos más siglos perdura esta norma, tanto más se arraiga. Por suerte, la enseñanza, el trabajo y el desarrollo le han abierto un poco los ojos a la mujer. En muchos países las mujeres han obtenido la igualdad de derechos; mucha gente, sobre todo mujeres, pero también hombres, ven ahora lo mal que ha estado dividido el mundo durante tanto tiempo, y las mujeres modernas exigen su derecho a la independencia total.

Pero no se trata solo de eso: ¡también hay que conseguir la valoración de la mujer! En todos los continentes el hombre goza de una alta estima generalizada. ¿Por qué la mujer no habría de compartir esa estima antes que nada? A los soldados y héroes de guerra se les honra y rinde homenaje, a los descubridores se les concede fama eterna, se venera a los mártires, pero ¿qué parte de la humanidad en su conjunto también considera soldados a las mujeres?

En el libro Combatientes para toda la vida pone algo que me ha conmovido bastante, y es algo así como que por lo general las mujeres, tan solo por el hecho de tener hijos, padecen más dolores, enfermedades y desgracias que cualquier héroe de guerra, ¿Y cuál es la recompensa por aguantar tantos dolores? La echan en un rincón si ha quedado mutilada por el parto, sus hijos al poco tiempo ya no son suyos, y su belleza se ha perdido. Las mujeres son soldados mucho más valientes y heroicos, que combaten y padecen dolores para preservar a la humanidad, mucho más que tantos libertadores con todas sus bonitas historias…

Con esto no quiero decir en absoluto que las mujeres tendrían que negarse a tener hijos, al contrario, así lo quiere la naturaleza y así ha de ser. A los únicos que condeno es a los hombres y a todo el orden mundial, que nunca quieren darse cuenta del importante, difícil y a veces también bello papel desempeñado por la mujer en la sociedad.

Paul de Kruif, el autor del libro mencionado, cuenta con toda mi aprobación cuando dice que los hombres tienen que aprender que en las partes del mundo llamadas civilizadas, un parto ha dejado de ser algo natural y corriente. Los hombres lo tienen fácil, nunca han tenido que soportar los pesares de una mujer, ni tendrán que soportarlos nunca.

Creo que todo el concepto  de que el tener hijos constituye un deber de la mujer, cambiará a lo largo del próximo siglo, dando lugar a la estima y a la admiración por quien se lleva esa carga al hombro, sin rezongar y sin pronunciar grandes palabras.

Tu Ana M. Frrank

 

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